Capítulo 13

“Como quieran”

Aunque lo dijo con desinterés, Winston lanzó una mirada furtiva hacia la puerta, pronto aparecería. Aun así, se sentía confiado. La luz del sol que entraba a raudales por el ventanal que ocupaba toda una pared iluminaba la habitación por completo. Además había siete personas reunidas allí incluyéndolo a él. Perder el control en una situación así era sencillamente imposible. Sus labios, apoyados en el borde de la copa de vino, se curvaron en una leve sonrisa. Estaba seguro de sí mismo.

Ante su actitud relajada, Lady Catherine también intervino.

“¿Qué te parece si invitamos a Evelyn? Hace tiempo que no la ves, podrían saludarse ¿No crees? Ya ha pasado bastante desde la última vez”

La señora Campbell se limitó a beber su té, como si no le interesara, pero Winston entendía perfectamente qué había detrás de aquella conversación. A veces le resultaba casi patético lo transparentes que eran sus propios familiares. Aun así, no lo mostró y se limitó a responder, como antes.

“Como quieran”

Ante eso, Lady Catherine no pudo ocultar su entusiasmo y añadió, con voz más aguda de lo habitual.

“¡Oh, qué bien! Además, Evelyn sigue soltera ¿Verdad?”

Buscando apoyo, miró a su esposo y George asintió enseguida.

“Claro. Podría ser una buena oportunidad para que se vuelvan a ver ¿No te parece?”

Esperaba una respuesta de Winston, pero él no dijo nada. Simplemente vació su copa de vino. Sin embargo, esa indiferencia era habitual en él, así que todos respiraron tranquilos. Todo marchaba bien, perfectamente bien.

En ese momento, llamaron a la puerta. Todas las miradas se dirigieron hacia ella al mismo tiempo. Desde el otro lado, se oyó la voz de la doncella.

“He traído al señor Yujin Sol”

La señora Campbell observó de reojo a su hijo. Winston, sin mostrar reacción alguna, dejó la copa vacía sobre la mesa. La puerta se abrió y en medio del silencio, la aguja del reloj avanzó con un seco clic. La doncella se hizo a un lado y el hombre que estaba detrás dio un paso al frente. En el despacho, donde ni siquiera se oía una respiración, finalmente él cruzó el umbral, paso a paso. Con cada movimiento lento que daba, la luz del sol ascendía por su cuerpo como si subiera peldaños. 

Sus zapatos visiblemente gastados, aunque bien lustrados, dejaban ver incluso las pequeñas marcas bajo la luz intensa. El traje, claramente de confección barata, no valía ni lo que una de las corbatas de los presentes y ni siquiera le quedaba bien, como si lo hubiera comprado a toda prisa en cualquier tienda económica de camino. La corbata de un color que no combinaba y la camisa blanca, con el cuello mal acomodado, todo en él estaba desajustado.

Cualquiera podía darse cuenta; había comprado algo apresuradamente para la ocasión, lo más barato posible, tratando apenas de cumplir con el protocolo de un funeral. Ajustarlo a su medida ni siquiera habría sido una opción.

Pero él parecía no prestar atención a nada de eso; entró en el despacho con los hombros erguidos, con total confianza. La brillante luz del día dejaba al descubierto su apariencia humilde sin ningún filtro y aun así no mostraba ni el más mínimo atisbo de vergüenza.

La luz del sol ascendió por su cuello hasta iluminar su rostro. Su piel, lisa y especialmente pálida, sin una sola imperfección, brillaba casi de forma translúcida bajo la claridad. Cuando parpadeó, sus largas pestañas del mismo tono oscuro que su cabello descendieron suavemente antes de volver a su lugar. Con gesto distraído, Yujin apartó el mechón que le caía sobre la frente. Su frente, redondeada y blanca, quedó expuesta por un instante antes de volver a cubrirse.

Finalmente, se detuvo.

La luz que entraba por las numerosas ventanas lo envolvió por completo, como si un foco se hubiera posado únicamente sobre él.

Ah…

Un suspiro que nadie más oyó se escapó de los labios de Winston. En ese instante, se olvidó por completo de todos los presentes en la sala, incluso de su propia madre. De repente, tuvo la sensación de que en el mundo solo quedaban Yujin y él.

No veía nada más que a Yujin.

Dios…

Buscó refugio en esa palabra, como si pudiera sostenerse en ella, pero nada cambió.

¿Cuántos años habían pasado? El rostro juvenil había desaparecido, pero en su lugar había una madurez que se había asentado profundamente. No podía apartar la mirada, su corazón latía con violencia y una tensión incómoda se acumulaba en su cuerpo.

En cuestión de segundos, el aroma de sus feromonas se intensificó varias veces.

“Ejem”

El carraspeo repentino lo hizo volver en sí. El abogado McCoy estaba de pie, sosteniendo un maletín que parecía contener el testamento. Siguiendo su gesto silencioso, Yujin tomó asiento en una de las sillas vacías. La más alejada de Winston.

Winston observó en silencio cómo se sentaba con las piernas juntas y la espalda recta. Desde que había entrado en la sala, Yujin no había mirado ni una sola vez en su dirección. El ceño de Winston se frunció levemente, justo cuando la voz del abogado volvió a oírse.

“Ya que todos están presentes, procederé a la lectura del testamento. Antes que nada, reitero mis condolencias por el fallecimiento del señor Harold Campbell”

Colocó una mano sobre el pecho e inclinó la cabeza. Tras un breve momento de silencio, abrió el maletín. Frente a todos, cortó con cuidado el sello del sobre con un abrecartas y extrajo su contenido. Dentro había otro sobre de documentos y uno pequeño de papel. Al abrir este último, apareció una memoria USB. Todos contuvieron la respiración mientras lo veían conectarla.

Mientras esa serie de acciones continuaba, la atención de Winston volvió inevitablemente a Yujin. Intentó ignorarlo, pero era imposible. Sus ojos ya se habían fijado en él y no parecían dispuestos a apartarse.

Yujin seguía sentado en la misma postura, con la mirada fija al frente, probablemente en la pantalla donde comenzaría a mostrarse el contenido del testamento, pero a Winston no le importaba en absoluto el testamento, lo único que le importaba era Yujin. La imagen de su cuerpo, tal como lo había visto días atrás, volvió con una claridad perturbadora.

Sin esfuerzo alguno, su mente lo despojó de la ropa una vez más. Al imaginarlo así, sentado con total naturalidad, su cuerpo reaccionó de inmediato. Justo cuando estaba a punto de revelarse el testamento de su padre, Winston se encontraba absurdamente atrapado en pensamientos obsesivos sobre el pasado y sobre Yujin.

Él cruzó lentamente una pierna sobre la otra y apoyó el codo en el reposabrazos del sofá, sosteniendo el mentón con una mano. La tela del pantalón se tensó por la erección que no lograba disimular. En su mente ya estaba arrojando a Yujin sobre el gran escritorio del despacho.

En su imaginación, el cuerpo desnudo de Yujin se desplegaba con total claridad ante sus ojos. Winston lo observaba desde arriba mientras, con total indiferencia, se limitaba a bajarse la cremallera del pantalón. No había en él ni una pizca de consideración o respeto hacia Yujin. 

Sí, mereces que te traten así.

Al fin y al cabo, seguro que ya habías ofrecido ese cuerpo a otros. Ese dulce cuerpo ¿Cuántos no lo habrán tocado, besado y devorado? Seguro que nunca estaba vacío, era natural ¿Quién podría resistirse? A menos que fuera impotente.

Palabras degradantes cruzaban su mente una tras otra.

En su imaginación Yujin reaccionaba con su aroma intensificándose, claro porque así era él. Incluso ahora, Winston sentía que el leve rastro de su olor lo mareaba. Todo esto, estas imágenes absurdas debían ser culpa de las feromonas. Por eso no había tomado supresores. Por eso dejaba escapar ese aroma, provocándolo, igual que aquella noche en su habitación.

Sí… esto es lo que tú querías.

La fantasía empezó a mezclarse con la realidad. En su mente, Yujin estaba sentado en el sofá, completamente desnudo. Winston lo sujetaba por las piernas, levantándolas. El cuerpo de Yujin se deslizaba hacia él mientras se aferraba al respaldo, hasta que su cadera chocaba con la de Winston. Con una mano, lo sostenía por detrás de la rodilla, exponiéndolo mientras liberaba su propia erección.

El rostro de Yujin, en esa imagen distorsionada, estaba teñido de excitación y temor al mismo tiempo.

Y entonces—

Yujin lo miró, tal vez reaccionando al aroma. Debía ser eso, después de todo… Eres mío.

Winnie…

Le pareció oír su voz.

La boca se le secó, le costaba respirar.

Maldición…

No importaba cuánta gente hubiera alrededor, ni lo brillante que fuera el día. Para él, solo existía Yujin.

Yujin.

Sus labios se movieron sin emitir sonido.

Ven aquí.

Winnie

En su mente, Yujin sonreía con dulzura y abría los brazos invitándolo. Estaba a punto de correr hacia él. Y entonces por fin Winston haría realidad aquello que imaginaba.

“¡No puede ser! ¡Es mentira!”

El grito desgarrador de Yujin rompió todo de golpe.

Winston volvió en sí de inmediato.

El despacho reapareció ante sus ojos; no estaban solos, había otras personas allí. Yujin no estaba desnudo y Winston comprobó que llevaba puesto aquel traje barato perfectamente abrochado. Cuando su mirada finalmente se enfocó en su rostro, lo miraba completamente rígido por la conmoción.

Solo entonces, Winston frunció el ceño.

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