Capítulo 21

"¡El Lord intentó matar a sus propios habitantes!"

"¡El Lord quiere matarnos!"

"¡Les digo que no es así!"

"¡Denos pan!"

"¡Abran las puertas del pueblo!"

"Mi señor, retírese. No hay necesidad de enfrentarse uno por uno a esta muchedumbre"

"¡Nosotros no somos una muchedumbre"

¡En verdad me voy a volver loco! ¿Y por qué demonios sí le hacen caso a Ruger?

Louisen estaba al borde de la desesperación.

¿Cómo terminó todo así? ¡Si hasta hace un momento caminaba tranquilamente!

"Suba al caballo. Primero debemos salir de aquí"

Louisen intentó montar siguiendo las instrucciones de Ruger. Sin embargo, el caballo echó el cuerpo hacia atrás, impidiéndole poner el pie en el estribo.

"¡El Lord está intentando huir!"

Al ver que Louisen trataba de montar, la multitud entró en pánico y se abalanzó hacia él. Cuando intentó subirse al caballo por la fuerza una vez más, la gente corrió directamente contra él y el caballo se espantó.

"¡Hiiiiiih!"

El caballo levantó las patas delanteras y sacudió violentamente el cuerpo. Justo cuando Louisen apoyaba el pie en el estribo para subir a la silla, salió despedido y cayó pesadamente al suelo.

¡Ugh!

Por el fuerte impacto, Louisen encogió el cuerpo instintivamente. En ese instante, algo afilado salió volando hacia él.

Por reflejo, Louisen agitó el brazo derecho.

¡Tang!

Algo rebotó contra el pequeño pero resistente escudo creado por su brazalete. El sonido metálico era como de una pequeña daga.

¿Qué fue eso? ¿De dónde vino? ¿Quién lo lanzó?

Cuando Louisen levantó la cabeza sobresaltado para mirar a su alrededor, ya estaba completamente rodeado por los aldeanos enfurecidos.

Todos lo observaban desde arriba. La contraluz cegaba la vista, proyectando profundas sombras sobre los rostros de la multitud. Decenas de ojos inyectados en sangre brillaban fijamente, clavados sobre Louisen.

Personas hambrientas y llenas de ira.

Antes de regresar en el tiempo, había personas así en todas partes. Como un vagabundo débil e indefenso, Louisen era una presa perfecta para ellas.

Por mendigar, por pedir el pago de un trabajo que había hecho o simplemente por estar allí. Había sido rodeado incontables veces de esa manera y golpeado hasta quedar al borde de la muerte.

Tengo que huir... tengo que escapar.

Al surgir aquellos viejos recuerdos, el miedo que llevaba oculto en lo más profundo de su pecho se apoderó de él. El terror devoró su razón y entumeció sus sentidos. Ya no era el Duque de Agnies ni un noble; no era nada de eso. Volvió a ser solo un mendigo pobre e indefenso, un errante que había perdido su hogar y vagaba sin rumbo.

Su corazón latía con fuerza, golpeando una y otra vez contra su pecho. Sin embargo, sus piernas se negaban a moverse. Al verse sumido en una confusión extrema, su cuerpo dejó de obedecerle.

Alguien lo agarró del cuello de la ropa y lo levantó de un tirón.

"¡Atrapamos al Lord!"

Louisen se tambaleó y aprovechando ese momento, otra persona le sujetó un brazo. El sonido de la manga rasgándose resonó en el aire. Sacudido de un lado a otro como un muñeco de papel, comenzó a llenarse de heridas.

Desorientado, Luisen era sacudido sin rumbo por la multitud.

Fue en ese momento cuando escuchó una voz familiar, una que jamás podría olvidar.

"¡Duque! ¡Duque! ¿Dónde está?"

Un caballero de negro montado sobre un corcel negro.

Carlton lo estaba buscando.

"¡Sir Carlton, aquí!"

Sin embargo, pareció que su voz no llegó a oídos del caballero. ¿Qué debía hacer? La mirada de Carlton apuntaba hacia otra dirección; parecía a punto de darse la vuelta e irse.

¡No puede ser!

En ese instante, a Louisen se le ocurrió una idea. Si la persona no podía oírlo, entonces haría que el caballo que montaba fuera hacia él.

Con todas sus fuerzas, se zafó de las manos que lo sujetaban y llevó la mano izquierda hasta los labios. Un silbido largo y agudo escapó de su boca. Aunque el tenue sonido parecía no rivalizar con los gritos de la gente, el caballo de Carlton reaccionó de inmediato.

El corcel negro giró la cabeza hacia Louisen. Carlton no dejó pasar ese pequeño cambio y sus ojos se encontraron con los de Louisen.

Carlton reaccionó al instante. Tiró de las riendas y con un movimiento que Louisen jamás habría imaginado posible, dio un enorme salto. El gigantesco caballo negro sobrevoló las cabezas de la multitud y en un abrir y cerrar de ojos, aterrizó frente a Louisen.

"¡Apártense de inmediato!"

Ante la imponente presencia de Carlton, la multitud vaciló. Aunque la ira les había nublado el juicio, no dejaban de ser personas comunes. No eran rivales para alguien como Carlton, que había sobrevivido a incontables campos de batalla. Soltaron a Louisen.

Sin necesidad de blandir una sola vez la espada, Carlton tomó a Louisen de un tirón. Lo sujetó por un costado con la misma facilidad con la que cargaría a un niño.

"Quédese quieto"

Louisen cerró los ojos con fuerza y asintió. Por experiencia, sabía que mantenerlos abiertos no le traería nada bueno.

Y estaba en lo cierto. Igual que cuando había llegado hasta él, Carlton volvió a dar un salto. La sensación era comparable a salir volando por el cielo y Louisen tuvo que tragarse un grito.

Carlton superó de un solo salto a la multitud enfurecida y se alejó del lugar a toda velocidad. No había nadie lo bastante temerario como para interponerse en su camino.

***

Carlton llegó hasta las afueras de la aldea y dejó a Louisen en el suelo.

"Ugh..."

Apenas sus pies tocaron tierra, Louisen sintió una arcada. Carlton lo observó en silencio, sin mostrar ni compasión ni desprecio en su mirada.

Casi ocurre una desgracia.

Un rato después, cuando el mareo comenzó a disiparse, Louisen levantó la cabeza. Se enjuagó la boca con el odre de agua que Carlton le tendió y solo entonces pudo fijarse en lo que lo rodeaba.

"¿Dónde estamos?"

"En las afueras del pueblo"

"Ya me has salvado dos veces"

"Si, supongo"

En realidad, Carlton también estaba muy sorprendido. Pensaba que lo seguían de cerca, pero al esperar a que se abrieran las puertas de la ciudad, se dio cuenta de que no había rastro de Luisen ni de su sirviente.

Ciertamente, se había dejado llevar por el entusiasmo. Después de pasar tanto tiempo encerrado en el castillo revisando documentos, correr por las amplias llanuras del sur le había hecho hervir la sangre. Por eso fue aumentando la velocidad gradualmente y al terminar compitiendo contra sus propios subordinados, se olvidó por completo de Luisen.

En algún momento Louisen desapareció de su campo de visión, pero Carlton asumió que lo seguiría sin problemas. Después de todo ¿No era propio de los nobles montar a caballo desde que aprendían a caminar? Los caballos eran animales costosos de mantener. Montarlos con destreza era un símbolo y un privilegio exclusivo de la nobleza.

Jamás imaginó que alguien pudiera montar tan terriblemente mal.

No fue hasta más tarde que regresó apresuradamente por el camino para buscar a Louisen. Cuando Carlton llegó, los aldeanos ya se habían convertido en una turba enfurecida.

Atrapado entre la multitud, Luisen no tenía forma de saberlo, pero en la fortaleza ya habían recibido noticias del motín y los soldados de Carlton venían en camino. Si Carlton se hubiera retrasado un solo segundo, Luisen habría quedado atrapado en la sangrienta represión de la revuelta y habría sufrido heridas mucho más graves.

"Estuvo a punto de ocurrir una desgracia"

"Lo siento"

Luisen se mordió los labios y volvió a recordar la escena que presenció, rememorando una a una las palabras de los aldeanos.

Dijeron que se llevaron los alimentos y los suministros... y que dejaron de repartir las raciones.

Poco a poco, las piezas comenzaron a encajar en su mente.

Al prepararse para el asedio, habían entrado en estado de guerra y confiscado los suministros. A cambio, debían garantizar la subsistencia de la gente mediante las distribuciones de raciones. Era una práctica habitual cuando estallaba una guerra territorial.

El problema surgió tras la repentina rendición de Luisen. En medio de la entrada de las tropas de Carlton y el proceso de disolución de los vasallos y soldados, el sistema administrativo se derrumbó por completo, provocando la interrupción de las raciones.

Todos los soldados fueron arrestados y los sirvientes del castillo apenas daban abasto atendiendo a los subordinados de Carlton. Además, los funcionarios administrativos dejaron de trabajar después de que sus superiores abandonaran sus funciones. La única persona que seguía tratando asuntos administrativos con Carlton era, más o menos, el propio Louisen y él no tenía la menor idea de que todo esto estaba ocurriendo.

Al final, otra vez es mi culpa.

Louisen se sujetó la cabeza con ambas manos.

Solo entonces comprendió por qué el mayordomo le había dicho que ya no había solución, por qué algunos sirvientes le mostraban tanta hostilidad y también el motivo de la burla de Carlton. Recordó una pregunta que Carlton le había hecho poco tiempo atrás. Le había preguntado si no sentía curiosidad por la situación de la ciudad al pie del castillo. Eso significaba que Carlton ya sabía que allí estaba ocurriendo algo.

"Tú... ¿sabías que los aldeanos estaban en esa situación?"

Carlton asintió como si fuera lo más natural del mundo.

"Sí. Lo sabía, pero ¿De verdad usted no lo sabía, Duque?"

"...Si lo hubiera sabido ¿Crees que los habría dejado así?"

Louisen murmuró con amargura. Sentía una culpa inmensa hacia los aldeanos y tanta vergüenza de sí mismo que era incapaz de levantar la cabeza. Carlton contempló en silencio la coronilla redonda de Louisen.

Por fin había llegado el momento de burlarse de él. Después de actuar siempre con tanta arrogancia, resultaba que ni siquiera sabía que los habitantes de su territorio se estaban muriendo de hambre. Carlton había esperado en secreto un momento como ese. Sin embargo, cuando finalmente llegó, no pudo reírse.

El rostro de Louisen estaba tan pálido que parecía a punto de desmayarse. El impacto y el remordimiento que sentía se reflejaban con total claridad en su expresión. El noble orgulloso y perfecto desde la cuna había desaparecido; en su lugar solo quedaba un joven pálido que parecía ahogarse bajo el peso de la culpa. Un joven inexperto, ignorante y frágil.

Era como si estuviera de pie al borde de un precipicio llamado desesperación, cargando con una fragilidad tan extrema que parecía que un suave empujón lo haría caer al vacío sin fin.

Olvidémoslo

De pronto, todo le dio igual. Carlton decidió posponer la burla hacia Luisen para más tarde y enfocarse en arreglar la situación.

"Si ya se encuentra mejor, regresemos al castillo. Lo acompañaré"

"Espera. Tengo que pedirte un favor"

Louisen sujetó a Carlton por la muñeca.

"Quiero ver con mis propios ojos cómo está la ciudad"

"No puede hacerlo. Es demasiado peligroso"

"Precisamente por eso te lo estoy pidiendo. Si voy contigo, estaré a salvo"

"¿Y por qué yo tendría que...?"

Carlton intentó zafarse de la mano de Luisen, pero terminó cruzándose con su mirada. Los ojos azules de Luisen lo contemplaban con tal desesperación, como si él fuera su único salvador, que las palabras se le atascaron en la garganta.

Sería mejor llevarlo de vuelta al castillo de una vez.

Que Luisen estuviera conmocionado o no, era algo que a Carlton no le incumbía en absoluto. Al contrario, como Luisen había arruinado sus planes, ni siquiera enfadarse habría sido suficiente. Lo más razonable era dejarlo en el castillo para que no causara más problemas y marchar de inmediato hacia el territorio de la familia Vinard.

Sin embargo, en contra de sus propios pensamientos, terminó asintiendo con la cabeza. Luego, al darse cuenta, intentó rectificarse para decir que no, pero al ver el rostro de Luisen iluminarse como si lo bañara un rayo de sol, volvió a quedarse sin palabras.

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