Capítulo 22

"Gracias. Muchas gracias, de verdad. Te devolveré este favor, sin falta"

"Solo una vuelta"

"Sí. Está bien. También tengo vergüenza ¿Crees que pediría más que eso?"

Carlton hizo subir a Luisen y puso el caballo en marcha. Luisen se aferró con fuerza a la ropa de Carlton. Como si se estuviera preparando mentalmente, Luisen tragó saliva y exhaló profundamente.

¿Por qué asentí con la cabeza?

Podía sentir la tensión de Luisen transmitiéndose de cuerpo a cuerpo. Eso ya le resultaba lo suficientemente molesto e irritante como para alterarle los nervios, pero su cuerpo seguía guiando al caballo con precisión, así que era algo que realmente no podía comprender.

Estando pegado al cuerpo de Carlton mientras montaban a caballo, ni siquiera el hombre al que Luisen le tenía tanto miedo estaba en su mente en este momento.

La situación de la ciudad era peor de lo que había imaginado.

Las personas que habían salido a las calles eran, al menos, las que estaban en mejores condiciones. Al menos tenían fuerzas para moverse y gritar, los demás parecían ni siquiera tener fuerzas para salir de sus casas. Todas las calles estaban desiertas y la actividad se había detenido. No había forma de saber cuándo mejoraría aquella situación. Los habitantes de la ciudad tampoco podían hacer nada al respecto. La ansiedad sin fin terminó por devorarlos.

En un rincón de la ciudad se habían reunido las personas que habían huido al castillo en busca de refugio. Eran aquellos que, al enterarse de que estallaría una guerra, habían acudido al castillo creyendo que allí estarían a salvo, así como los granjeros que habían sido reclutados como soldados y sus familias.

Vivían en tiendas improvisadas como si fueran sus casas, usando la ropa que llevaban puesta como cama. Aunque el frío más intenso aún no había llegado, el clima era demasiado duro para dormir a la intemperie. Los agotados y enfermos se limitaban a mover lentamente los ojos al ver pasar a Luisen.

Eran miradas sin vida. En ellas, Luisen pudo leer un hambre profunda.

Era un dolor que Luisen conocía muy bien.

Cuando uno tenía hambre, al principio simplemente sentía hambre. Después, el estómago empezaba a doler como si fuera a retorcerse y en la cabeza no había espacio para nada más que comida. Frente al hambre, el orgullo que había acumulado como noble, la educación, la dignidad y todo lo demás desaparecían como un puñado de polvo, solo quedaba el instinto, jadeando como una bestia.

Fruta podrida, pan cubierto de moho, raíces de hierba llenas de tierra.

Cualquier cosa que pudiera llenar el estómago servía. Aunque le diera náuseas, la empujaba a la fuerza dentro de su boca. Si podía conseguir algo de comer, hacía lo que fuera. Realizaba trabajos que jamás había imaginado hacer, mendigaba, robaba e incluso entregaba su propio cuerpo.

Finalmente, cuando el hambre desaparecía y por fin recuperaba la razón, era insoportable. Gritaba y lloraba al darse cuenta de lo miserable y repugnante que era. Incluso en aquel momento en que su propio ser se desmoronaba, la comida que había llegado a su boca seguía siendo dulce.

Luisen compartió el sufrimiento que ellos debían de estar sintiendo en ese momento y empatizó con ellos.

Ante el dolor que le retorcía el estómago, Luisen dejó escapar un gemido bajo.

¿Por qué nunca se le había ocurrido bajar a la ciudad y comprobar la situación hasta que las cosas habían llegado a ese punto? ¿Por qué no había sido capaz de percatarse de las señales que, por un instante, habían rozado sus oídos?

Se había sentido orgulloso de sí mismo por estar haciendo un buen trabajo sin siquiera saber que semejante tragedia estaba ocurriendo justo delante de sus ojos. Una profunda sensación de desprecio hacia sí mismo se apoderó de él.

"...Volvamos al castillo"

Luisen habló reprimiendo sus emociones tanto como pudo, pero la desesperación que llevaba en el corazón quedó expuesta.

Carlton condujo el caballo en silencio y regresó al castillo.

 

***

Al llegar al castillo, Luisen se dirigió directamente a la habitación del mayordomo general. Después de todo, no debía de haber nadie que conociera mejor que él la situación del territorio, siendo el representante del Lord

"¡Mayordomo!"

Luisen irrumpió en la habitación, visiblemente alterado. Al verlo en semejante estado, el mayordomo abrió mucho los ojos ¿Dónde había quedado aquel príncipe digno de una canción de trovador que al partir lucía impecable? Ahora tenía el aspecto de alguien que había sido desgarrado y revolcado por el suelo.

"¿Qué ha ocurrido? ¿Y la campaña?"

".... Se cancelo. Me quedé rezagado en medio de la ciudad y terminé envuelto con los habitantes"

"¿Ha habido un levantamiento?"

"Sí"

El mayordomo quedó profundamente sorprendido. Desde que Luisen dijo que iría a caballo, supo que con su torpeza para montar, pasaría algún incidente tarde o temprano, pero jamás imaginó que se quedaría rezagado en aquel camino bien pavimentado antes de salir de la ciudad y que terminaría atrapado en un levantamiento. Sin necesidad de una explicación extensa, la mente del experimentado mayordomo dibujó la escena exacta. Con el Lord apareciéndose en medio de los habitantes hambrientos, era evidente que el desastre fue inevitable.

"¿Y Ruger? ¿Qué demonios estaba haciendo ese hombre, que se supone que es el ayudante principal, en lugar de proteger al Lord?"

¡Había llevado consigo a Ruger, experto en artes marciales, precisamente para situaciones como aquella, además de servirle como escolta!

"No estábamos en una situación para eso. Más importante aún, parece que sabes en qué estado se encuentra la ciudad ¿Verdad?"

"Lo sospechaba, pero... jamás imaginé que ni siquiera lograrían salir de las puertas del castillo...."

"¡No estoy hablando de eso!"

Luisen gritó, dejándose llevar por la indignación.

"¡Los habitantes de la ciudad se están muriendo de hambre y no me dijiste nada! ¡Con la gente en semejante situación, este no es momento para que el mayordomo general de la casa del Duque se desentienda de sus deberes!"

El mayordomo frunció el entrecejo y luego abrió mucho los ojos.

"¿Acaso... no lo sabía?"

El mayordomo le devolvió la pregunta, como si fuera Luisen quien resultara incomprensible.

"¿Qué?"

"Le dije que, como habíamos apoyado al Segundo Príncipe a costa de grandes esfuerzos y ahora debíamos librar una batalla defensiva, requisaríamos suministros de la ciudad y estableceríamos un sistema de distribución. También obtuve claramente el consentimiento del Lord"

El mayordomo general era una persona meticulosa, por lo que sin duda no habría realizado ninguna requisa sin el consentimiento de Luisen. Por lo tanto, era cierto que Luisen no lo recordaba.

A él se le daba mal leer. En cuanto al trabajo con documentos, desde los seis años todo se había reducido a firmar lo que el mayordomo general le indicaba. En situaciones en las que estaba tan ocupado y asustado que sentía que los ojos se le iban a salir de las órbitas, firmaba innumerables documentos y cartas, y en medio de todo aquello no había podido leer con calma cada uno de esos escritos antes de dejarlos pasar.

Además, para Luisen aquello había sucedido hacía ya varios años. El impacto de que su territorio ardiera y todos murieran había sido suficiente para hacerle olvidar cosas relativamente insignificantes.

Pero ¿Qué importaba eso ahora? Los habitantes de la ciudad estaban sufriendo de aquella manera.

Luisen sintió un profundo desprecio hacia sí mismo. Sus ojos se llenaron de lágrimas.

"...¿De verdad lo ha olvidado? ¿Cómo pudo hacer algo así...? ¿No lo firmó usted mismo?"

El mayordomo estaba igualmente desconcertado. No había pasado ni un año desde que Luisen había firmado aquello con su propia mano; apenas había transcurrido un mes. Jamás se imaginó que él lo habría olvidado, había asumido que Luisen conocía la situación de la ciudad al pie del castillo, pero que debido a Carlton no podía hacer nada.

Por eso, el mayordomo general también había ocultado deliberadamente la situación de la ciudad al pie del castillo, mientras que en secreto estaba ideando junto con el tesorero alguna manera de ayudarlos.

"Haa"

El mayordomo general dejó ver abiertamente su decepción.

"Siempre se lo he dicho. No olvide nunca que es el señor de los Campos Dorados"

"...'El verdadero tesoro del reino son estos Campos Dorados. Y la Casa Ducal de Agnies, que gobierna estas tierras, es una familia verdaderamente honorable. Debe actuar de acuerdo con ese honor y proteger estas tierras'. Lo sé, mayordomo"

Era algo que el mayordomo general le había repetido hasta el cansancio desde que era pequeño. Y, desde entonces hasta ahora, Luisen nunca había cumplido de verdad con aquellas palabras.

Luisen estaba tan avergonzado y afligido que no podía quedarse sentado. La mirada del mayordomo se sentía como agujas que lo atravesaban. Luisen se levantó de golpe, caminó de un lado a otro varias veces en el mismo lugar y luego abrió de par en par la ventana.

La llanura que se extendía bajo las suaves colinas apenas comenzaba a teñirse con el atardecer. Aquellos campos de tonos dorados, amarillos y rojos eran demasiado dolorosos de contemplar, así que Luisen cerró los ojos.

Al bloquear su visión, lo único que quedó fue un sufrimiento aún mayor.

Al regresar al pasado, descubrió que había sido mucho más estúpidamente ingenuo de lo que recordaba y que había cometido muchos errores.

¿Qué demonios estaba pensando? ¿Cómo pude vivir así?

Sentía como si estuviera encerrado y aplastado por muros que lo rodeaban por todas partes. Cuanto más creía que estaba haciendo las cosas bien, mayor era la decepción. De repente, todo en el mundo se volvió tan aterrador que hasta respirar le daba miedo. Sin saber qué hacer, se dejó llevar por el impulso de esconderse para siempre, consumido por la vergüenza.

En medio de la desesperación, Luisen se preguntó a sí mismo, como lo hacía por costumbre.

¿Qué debo hacer, Santo?

Cuando Luisen despertaba de una pesadilla, aterrorizado por los muertos que deambulaban en la oscuridad comenzaba a sollozar y el Santo le acariciaba la espalda con ternura.

El Santo le decía que, si la oscuridad le daba miedo, no debía cubrirse con las mantas y hacerse un ovillo, sino abrir bien los ojos y encender la luz. Si apartaba la mirada y huía, el miedo crecería sin fin hasta terminar aplastándolo.

Luisen pensó una y otra vez en aquellas palabras.

Sí. No debo huir.

Luisen abrió los ojos. Ante él apareció el paisaje de su tierra natal, tan hermoso que le dolía en lo más profundo del corazón. Volvió a recordar cuánto había añorado aquel paisaje y cuánto había deseado regresar.

El mayordomo general miró a Luisen sin ninguna expectativa.

Luisen tenía poca paciencia y era de los que se rendían enseguida cuando aparecía un obstáculo. En especial, odiaba que señalaran sus errores y solía sentirse herido por ello. Esta vez también lloraría y se daría por vencido.

Pero, cuando Luisen regresó a la mesa, había algo diferente en él.

"Como ya dije antes, no me arrepiento de haberme rendido. Porque, tal como dices, la Casa Ducal de Agnies tiene el deber de proteger estos Campos Dorados. Yo hice lo que me correspondía"

"Y el problema de que los habitantes de la ciudad estén pasando hambre... es culpa mía por haberlo olvidado... así que yo mismo lo solucionaré"

Aunque el mayordomo había observado a Luisen desde su nacimiento, era la primera vez que lo veía tan decidido. Admitía su error, pero no mostraba remordimientos inútiles. Los ojos de Luisen estaban llenos de una voluntad firme y dejaban ver una determinación inquebrantable.

El mayordomo quedó profundamente sorprendido ¿Acaso no parecía que, dentro de un blando muñeco de algodón, hubiera aparecido de pronto un núcleo solido? Al ver a Luisen, cuyo rostro se había vuelto de repente mucho más adulto, el mayordomo general descubrió en él al anterior Duque, a quien había respetado durante toda su vida.

"¿Tiene algún plan?"

Sin darse cuenta, el mayordomo se volvió un poco más respetuoso.

Comentarios

0 comentarios

Aún no hay comentarios. Sé la primera personita en comentar 💜