Capítulo 17

Mientras tanto, la noticia también llegó a los Lords del sur. Llevaban días en tensión, pendientes de cuándo se abrirían por fin las puertas de la Casa Ducal y saldría alguna información. Y apenas el comunicado oficial alcanzó el pueblo más cercano al castillo, se enteraron de la existencia de la plaga de langostas.

Al escuchar aquello, los Lords quedaron sumidos en el desconcierto.

¿Esto es real?

Si era cierto, se trataba de un desastre de enormes proporciones. Debían prepararse cuanto antes para una guerra total contra la plaga. Aunque el enjambre no cruzara directamente el cielo de sus territorios, si seguía multiplicándose nadie sabía qué calamidades podía traer.

Pero, al mismo tiempo, tampoco podían concentrarse únicamente en las langostas. La inestable situación con Carlton, atrincherado en el castillo, seguía pesando sobre ellos.

¿Cómo una Casa Ducal que está aislada iba a enterarse de que venían las langostas? ¿Y si todo esto es una trampa?

Existía la posibilidad de que el Duque Agnies estuviera tramando algo para ayudar a Carlton, pero por otro lado, ignorarlo simplemente no era una opción; su sangre como habitantes del sur, conocedores del desastre que provocan las langostas, les hervía por dentro.

¡Ni podían avanzar ni retroceder! Sentían que iban a volverse locos.

Tras días devanándose los sesos hasta quedarse demacrados y perder mechones de cabello del estrés, los Lords finalmente llegaron a una conclusión.

Está bien ¡Confiemos una vez más en la Casa Ducal!

Después de todo, aquella era la familia que había protegido los Campos Dorados y gobernado el sur durante generaciones. El actual Duque podía tener fama de lunático, pero seguía siendo el duque Agnies y sus vasallos también eran conocidos por su extraordinaria capacidad.

Las preocupaciones de los Lords del sur eran prácticamente las mismas y todos terminaron llegando a la misma conclusión. Enviaron mensajeros a toda prisa hacia el castillo. Así ante las puertas del castillo, que permanecían firmemente cerradas, comenzaron a congregarse los estandartes de las familias más influyentes de todo el sur.

“¿Esto tiene sentido?”

Carlton, que no había hecho más que acechar esperando la oportunidad de desenvainar su espada, se vio envuelto en una mezcla confusa de emociones al recibir la noticia. 

No sabía si decir que era absurdo o si sentirse exhausto. Las cosas estaban saliendo bien, lo cual era positivo, pero al mismo tiempo hería su orgullo y le provocaba indignación.

Carlton se jactaba de haber vivido una vida turbulenta y de haber experimentado un sinfín de emociones, pero este sentimiento en particular era nuevo para él.

Salió hacia la muralla exterior, montó una tienda de campaña y allí recibió a los mensajeros. Lo hizo así porque sospechaba que podrían entrar al castillo con segundas intenciones. Sin embargo, los enviados de los Lords parecían aliviados de no tener que cruzar las puertas. Aunque mantenían su actitud arrogante, intentaban cerrar el trato con Carlton sin buscar pretextos ni causar problemas innecesarios.

El mensaje que traían todos los enviados era, en esencia, el mismo.

Juraban lealtad al Primer Príncipe y especificaban cuánto estaban dispuestos a pagar como reparaciones de guerra. Básicamente; ‘Más de esto no podemos dar aunque saqueen todo nuestro territorio, así que acéptenlo y ni se les ocurra venir’.

Claro que lo expresaban con discursos absurdamente largos, saludos interminables dignos de rodear el reino entero y adornados con títulos pomposos imposibles de entender, pero resumiendo eso era lo que decían.

¿Ni siquiera van a regatear?

Sonaba vulgar pensar en ello como un regateo de mercado, pero no había gente más obsesionada con negociar hasta el último centavo que los nobles. Podían despilfarrar el dinero ajeno sin pestañear, pero cuando tocaba sacar el suyo, incluso con una espada en el cuello peleaban desesperadamente por rebajar aunque fuera una sola moneda de oro.

Esto no tenía sentido. Era imposible que esos bastardos entregaran sus riquezas tan dócilmente.

Lleno de sospechas y desconfianza hacia la nobleza, Carlton se puso a hacer las cuentas personalmente allí mismo.

El resultado mostró que la cantidad propuesta por los mensajeros era exactamente lo mismo que podría obtener saqueando el territorio como botín de guerra. Por supuesto, si se esforzaba podría exprimirles más, pero eso requeriría tirar su reputación por la borda, así que esta cifra era el límite adecuado.

Aunque la situación le dejaba un sabor de boca amargo, Carlton aceptó la propuesta. Los mensajeros se marcharon de inmediato, sin dar más rodeos.

De pie sobre la muralla, Carlton observó cómo los mensajeros se dispersaban en distintas direcciones. Entonces al final ¿Todos habían decidido que la plaga de langostas era más importante que él y su ejército?

“Siento que todo el sur se está burlando de mí”

Ante esas palabras, todos sus subordinados asintieron en silencio, completamente de acuerdo.

…Pensar que de verdad sucedería tal como dijo el duque Agnies.

Cuando Luisen mencionó por primera vez lo de las langostas e incluso cuando envió al mensajero, Carlton jamás imaginó que las cosas terminarían así. Solo había aceptado porque no tenía nada que perder y porque, si llevaba a Luisen consigo a la expedición, podría hacerlo sufrir un poco.

Pero no solo no salió perdiendo; gracias a seguir el consejo de Luisen, terminó obteniendo todavía más beneficios. Sin mover un dedo y sin librar una sola batalla, había conseguido la recompensa equivalente a ganar una guerra.

Si realmente hubieran peleado ¿Qué habría pasado? Carlton estaba seguro de que habría vencido, pero dudaba mucho haber obtenido resultados tan buenos como estos.

No lo entiendo. De verdad no lo entiendo.

Después de bajar de la muralla, Carlton regresó al castillo y casi sin pensarlo se dirigió directamente a la habitación de Luisen. Cuando entró al castillo no tenía ninguna intención de buscarlo ¿Para qué ir a verlo, si con solo mirarle la cara se le revolvía el estómago? Sin embargo, mientras sus pies se movían, se encontró de repente frente a la puerta de Luisen.

Ruger, que montaba guardia ante la puerta, arrugó el ceño al ver a Carlton. Fingía saludarlo con cortesía, pero con la cara lo estaba insultando de arriba abajo. Carlton pensó por un momento en darle una buena lección, pero acabó conteniéndose porque le resultaba demasiado tedioso.

Luisen estaba en su habitación.

“Soy Carlton”

En ese momento, Luisen se encontraba tirado sobre la cama como mantequilla derretida, disfrutando de la pereza con todo el cuerpo. Desde que sus vasallos habían regresado y Carlton había dejado de buscarlo, estaba viviendo una tranquilidad que no experimentaba desde hacía muchísimo tiempo.

¿Eh? ¿Qué hace aquí?

Luisen saltó de la cama, se arregló la ropa y se pasó la mano por el cabello para peinarlo a toda prisa. Gracias a sus movimientos relámpago, cuando Carlton entró en la habitación y lo encontró, Luisen ya había recuperado su aspecto noble. Su espalda recta y su postura lo hacían lucir pulcro y solemne.

Aunque el corazón le latía a mil por hora, Luisen recibió a Carlton con un rostro sereno.

“Sir Carlton. ¿Ocurre algo?”

“Acabo de reunirme con los mensajeros en la muralla”

“¿Ah, sí?”

Como no podía salir del castillo, Luisen desconocía los detalles de la situación. Su rostro se iluminó de inmediato.

“¿Quiénes vinieron? ¿Todas las familias enviaron representantes? ¿Todos dijeron que se rendirían?”

“No. Todavía hay tres familias que no han expresado intención de rendirse”

¿Qué clase de locos son esos? ¿Acaso creen que las langostas son una broma?

Luisen frunció el ceño.

“¿Qué familias?”

“Sette, Vinard y Holga ¿Sabe algo sobre esas familias?“

“Mmm…”

Luisen se quedó pensando.

No tenía ni idea.

Visto que no podía recordarlos, solo alcanzó a suponer que debían ser Lords de territorios pequeños o medianos lejos del Ducado. Carlton esperaba una respuesta; Luisen vaciló y esta vez Carlton no lo malinterpretó, sino que leyó correctamente sus pensamientos.

“¿No los conoce? Incluso cuando son territorios que están bastante cerca del Ducado. Tengo entendido que Sette incluso comercia con ustedes”

“…Me parece que me suena de algo…”

Era mentira. No recordaba absolutamente nada.

Luisen dejó la frase colgando y Carlton lo observó fijamente.

…De verdad que no tiene ni la menor idea.

Luisen había tomado a Carlton por sorpresa dos veces. Viendo que todo estaba saliendo exactamente como Luisen predijo, no podía ser un idiota; de hecho, su capacidad para prever el futuro era asombrosa.

Por eso mismo, Carlton no lograba entenderlo.

Por eso mismo, Carlton no lograba entenderlo ¿Cómo podía alguien tan inteligente saber tan poco sobre lo básico? Para tener semejante perspicacia ¿No debería poseer al menos algo de conocimiento general? Con esa visión tan aguda que tenía ¿Por qué demonios se había involucrado en la pelea de los príncipes hasta ponerse en una situación tan peligrosa?

Había oído que era un sinvergüenza de primera…

Pero al mirar ese rostro limpio y sereno, Carlton no podía imaginárselo armando escándalos borracho ni persiguiendo mujeres. Le pegaba más vivir con elegancia, paseando por un salón mientras apreciaba una pintura o sentado como un cuadro mismo mientras escuchaba música, más que el alcohol o las juergas.

Bajo la mirada fija y profunda de Carlton, la boca de Luisen se sintió seca como un desierto.

¿Qué pasa? ¿Por qué me mira así? ¿Ahora qué hice mal?

¿Se habría enterado de que anoche asalté la cocina? ¿O de que me guardé un anillo de piedras preciosas pensando que le quedaría bien al Gran Santo? ¿Qué es? ¿Por qué me mira de esa manera?

Luisen temblaba por dentro. Tras un largo silencio, Carlton soltó algo totalmente inesperado.

“El pueblo bajo el castillo está extrañamente tranquilo ¿No siente curiosidad por cómo están las cosas allí?”

El pueblo bajo el castillo era el asentamiento ubicado entre la muralla interior y la exterior de la Casa Ducal. Al ser el pueblo más cercano a la fortaleza, prácticamente funcionaba como una pequeña ciudad; rica y relativamente segura.

¿Por qué de repente hablaba de eso?

“¿Pasó algo en el pueblo?”

Cuando Luisen le devolvió la pregunta, Carlton soltó una risita burlona. Fue una risa como un suspiro que, por alguna razón, irritó a Luisen. Cuando Luisen trabajó como peón y terminó molido a palos tras apenas media jornada, la gente lo miraba con esa misma expresión.

Era una mirada que decía: Ya sabía que serías así.

Luisen se sintió tan molesto que estuvo a punto de exigirle una explicación por ese gesto, pero el momento no pudo ser peor. Justo cuando iba a abrir la boca, la puerta se abrió de golpe y un subordinado de Carlton junto con Ruger aparecieron al mismo tiempo, gritando casi al unísono.

“¡Mi señor Duque! ¡Ha ocurrido algo grave!”

“¡Dicen que la plaga de langostas ya viene hacia aquí!”

Tanto Carlton como Luisen se levantaron de sus asientos sorprendidos. Luisen olvido por completo su indignación de hace un momento y casi lanzó un grito de alegría.

¡Por fin!

Estaba preocupado por si algo salía mal y las langostas no aparecían, lo que habría dejado por los suelos el prestigio de la Casa Ducal, así que aquello era una excelente noticia.

“¿De verdad aparecieron las langostas?”

“Sí. El equipo de reconocimiento ha informado que han visto una masa negra acercándose en enjambre desde el otro lado del río”

“¿Seguro que eran langostas?”

“¿Están seguros de que son langostas?”

Carlton preguntaba una y otra vez, incapaz de creerlo. Que Luisen pudiera prever la rendición de los Lords podía aceptarlo, aunque fuera algo descabellado. Luisen era un hombre de estas tierras, así que podía aceptar eso como explicación, pero… ¿Predecir incluso un desastre natural?

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