capitulo 8
“¿Necesita algo?”
Ante aquella voz todavía rígida, Yujin no tuvo más opción que responder ‘no’ y retroceder. Al cerrar la puerta, su rostro estaba completamente torcido por la decepción. A este paso, sería imposible acercarse a la habitación de su hija. La doncella parecía decidida a quedarse allí toda la noche, vigilando la puerta sin moverse.
No sabía si había sido el mayordomo o la señora Campbell quien le había dado esa orden, pero la intención era evidente.
“¡Maldita sea!”
Yujin masculló la maldición en voz baja. Si Angela lo hubiera oído, seguramente habría abierto los ojos con sorpresa; aunque, pensándolo bien, si hubiera estado con su hija, ni siquiera habría tenido motivos para maldecir.
En el fondo, lo que más quería era salir corriendo de inmediato y quedarse al lado de su hija, pero sus pies no se movían con facilidad. Tal vez eso era exactamente lo que ellos querían. Mordiéndose las uñas, Yujin comenzó a pasearse inquieto por el mismo lugar. Si le daban el más mínimo pretexto, podrían echarlo de la mansión y la situación solo empeoraría. Sabía muy bien que solo tenía una opción.
Cuando los recuerdos que apenas había logrado enterrar volvieron a surgir, su cuerpo entero empezó a temblar sin poder evitarlo. Aquellas personas que lo despreciaban, las manos que lo sujetaban por todas partes para arrastrarlo a la fuerza fuera de la mansión y arrojarlo sin piedad y…
Esos ojos violetas, teñidos de negro por la furia y el desprecio dirigidos hacia él.
Sobresaltado por la viveza de esos recuerdos, tan nítidos como si hubieran ocurrido ayer, Yujin cerró los ojos e intentó rechazar con todas sus fuerzas el miedo que volvía a apoderarse de él.
No tengo otra opción que hacer lo que me dicen.
La ira por su propia impotencia le hervía por dentro, pero la realidad era implacable. Al darse cuenta de que había vuelto a caer en sus manos, la pequeña sensación de victoria que había sentido momentos antes desapareció por completo.
Después de todo, yo…
Abrumado de pronto por la debilidad, negó con la cabeza con urgencia. No, reacciona. Este no es momento para derrumbarse. Reprendiéndose a sí mismo, forzó a su mente a recordar el rostro de su hija.
“Por la mañana podré verla”
Al final, lo único que podían hacer era este tipo de jueguitos infantiles. De todas formas me quieren a mi así que no le harán daño a Angela.
Repitiéndose eso para tranquilizarse, Yujin se dio la vuelta. Fue entonces cuando, por fin, el interior de la habitación entró en su campo de visión y se detuvo sin darse cuenta.
Era una estancia enorme y lujosa, imposible de comparar con la habitación en la que había dejado a su hija dormida. El amplio espacio, que incluía una sala de estar independiente, era más grande que toda la casa en la que había vivido con la niña. El techo era tan alto que obligaba a alzar la cabeza hasta casi forzar el cuello y en las paredes del dormitorio colgaban en enormes marcos obras de pintores famosos.
A través del gigantesco ventanal que ocupaba uno de los lados del dormitorio, se veía una amplia terraza de suelo de mármol. Conectada con la sala de estar, allí había una mesa redonda con sillas, como si estuviera preparada para sentarse en cualquier momento a tomar el té mientras se contemplaban tanto el interior de la casa como el paisaje abierto que se extendía ante la vista.
Que le hubieran asignado una habitación tan ostentosa lo dejó atónito ¿Lo habrían hecho a propósito? Mientras su hija se alojaba en una habitación tan miserable, a él le daban un lugar así… ¿Para hacerlo sentir culpable?
Si ese era el objetivo, esta vez lo habían conseguido.
Todas las humillaciones que había soportado hasta ahora no le habían afectado, pero cuando se trataba de su hija, era diferente. Desde que había regresado a Delight, Yujin sintió por primera vez una herida profunda.
Dejando escapar un suspiro, casi como si estuviera enfermo, se quedó un momento inmóvil, aturdido, antes de empezar a caminar lentamente. Al abrir la puerta de cristal que daba a la terraza y contemplar el paisaje que se extendía ante él, no pudo evitar soltar una exclamación cargada de melancolía.
Qué feliz sería desayunar aquí con Angela.
Sumido en esa fantasía feliz, Yujin quedó por un momento aturdido, atrapado entre la añoranza por su hija y la culpa, pero pronto negó con la cabeza. Pronto se irían de allí, no era momento de dejarse llevar por ilusiones absurdas. Tenía que mantenerse alerta. Después de todo, no podía ni imaginar qué clase de ‘evento’ habían preparado para él.
Endureciendo de nuevo la expresión, se apresuró a quitarse la ropa. Por ahora, lo mejor era descansar. En cuanto amaneciera, pediría que lo llevaran a la habitación de Angie. Y no volvería a separarse de su hija nunca más.
Hasta que se hiciera público el testamento, no podía bajar la guardia.
Reafirmando su determinación, entró directamente al baño conectado a la habitación. Una vez más, la magnitud del espacio que se desplegaba ante sus ojos le hizo encogerse sin querer. Sintiendo en todo su cuerpo el aire frío que emanaba del interior completamente revestido de mármol, se apresuró a abrir la ducha.
Tras ajustar el agua fría y caliente hasta alcanzar una temperatura adecuada, por fin logró relajar el cuerpo. Se lavó por completo en aquel baño impecable, incluso se lavó el cabello y luego se puso la bata que estaba colgada. Era absurdamente grande, tanto que tuvo que doblar las mangas varias veces, pero el tacto era excelente. Después de secarse el pelo a medias con el secador, regresó al dormitorio.
Ah.
Fue entonces cuando se dio cuenta de que no tenía ropa para cambiarse. No haber traído el equipaje que había dejado en la habitación de Angela había sido su error. Había dado por hecho que volvería a esa habitación, pero había sido un juicio ingenuo. Si desde el principio pensaban alojarlo en esa habitación, lo normal habría sido trasladar sus cosas; sin embargo, ese tipo de atenciones estaban reservadas para huéspedes bienvenidos en la casa.
En otras palabras, para quienes estaban ‘a la altura de la familia Campbell’.
Ni el mayordomo ni los sirvientes tendrían motivos para mostrarle esa clase de consideración.
Aun así, tampoco podía llamar a alguien a esas horas para que trajera su equipaje. No es que no hubiera pensado en volver a ponerse la ropa que llevaba, pero había estado usándola desde la madrugada y estaba llena de polvo. Y justo después de haber terminado de ducharse y a punto de recostarse en la cama, la sola idea de volver a ponérsela le provocó un rechazo inmediato.
No había otra opción.
De todos modos, por la mañana alguien vendría a despertarlo. Entonces podría pedir que le trajeran su equipaje. En cuanto se cambiara de ropa, iría a ver a Angie. Le incomodaba no llevar ni siquiera ropa interior, pero no tenía alternativa. Tras llegar a esa conclusión a regañadientes, Yujin se subió a la cama envuelto solo en la bata.
La suavidad de las sábanas y la comodidad del colchón, incluso mayores de lo que había imaginado, le arrancaron una exclamación involuntaria. Gateando torpemente sobre la enorme cama, se acomodó en el centro y solo entonces dejó escapar un suspiro de alivio mientras se recostaba.
Ah…
En cuanto exhaló, el silencio lo envolvió por completo. Ni siquiera se oía el más leve susurro del viento y aquella quietud le provocó un escalofrío. Permaneció tendido, con los ojos fuertemente cerrados. Hasta su propia respiración le resultaba molesta, así que intentó hacerla lo más lenta y suave posible. Pensó que, con la preocupación por su hija y la incertidumbre sobre lo que vendría, le sería imposible conciliar el sueño, pero contra todo pronóstico no tardó en caer en un sueño profundo.
En su sueño, estaba tumbado en una cama. Al igual que el hombre que yacía a su lado, Yujin también estaba desnudo. Ambos estaban recostados frente a frente, solos sobre la amplia cama, todavía aturdidos por la nueva experiencia que acababan de compartir. Observando el rostro enrojecido de Yujin, que respiraba con dificultad, el hombre intentando también calmar su respiración agitada, preguntó
“¿Te dolió?”
“No” respondió Yujin.
“Mentira” dijo él, aunque sonrió, como si la respuesta no le disgustara.
Yujin también sonrió.
“Si dolio, un poco” confesó en voz baja.
“Ya veo” el hombre frunció el ceño y acarició la mejilla de Yujin “Lo siento, fui torpe… era demasiado…”
“No” lo interrumpió Yujin, envolviendo suavemente con sus manos la gran mano del hombre y susurrando “Solo tengo que acostumbrarme”
Después de hablar, se dio cuenta de lo que acababa de decir. Ambos abrieron los ojos con sorpresa, pero sus reacciones fueron completamente distintas. El rostro de Yujin se tiñó de un rojo intenso, mientras que el hombre estalló en una carcajada.
Cuando Yujin, avergonzado, intentó escapar apresuradamente de la cama, el hombre lo abrazó por detrás rodeando su delgado cuerpo con unos brazos fuertes y atrapándolo contra su pecho.
“No puedes ir a ninguna parte”
Besó su hombro descubierto y aún con un tono cargado de risa, añadió
“Ahora eres mío”
“Tú también…” susurró Yujin en voz baja.
“Sí” respondió el hombre con una sonrisa “Soy tuyo. Desde hace mucho tiempo… y seguiré siéndolo, para siempre”
Sus labios se encontraron enseguida. Yujin lo recibió con gusto cuando el peso del hombre volvió a posarse sobre él, abrazándolo con alegría. Vagamente pensó que, ni antes ni después, volvería a experimentar en su vida una plenitud tan perfecta como aquella.
“Te amo” susurró
El hombre sonrió y ladeó la cabeza. Con los labios aún unidos, murmuró
“Mi…”
Clack
El pesado sonido metálico irrumpió en su conciencia. Yujin frunció el ceño por reflejo, pero su cuerpo se tensó un instante después. El aire se volvió opresivo, como si algo aplastara todo su ser dificultándole la respiración. Permaneció inmóvil y abrió lentamente los ojos.
Lo único que escuchaba era su propia respiración, cargada de miedo.
La habitación oscura estaba bañada por la luz de la luna que entraba por el gran ventanal. El dulce sueño se desvaneció en un instante, reemplazado por una realidad inquietante.
Solo una cosa no había cambiado.
El enorme cuerpo de un hombre seguía encima de él.
Su rostro, a contraluz bajo la tenue luz lunar, estaba oscurecido y era difícil de distinguir. Pero Yujin lo sabía con certeza. Sabía quién era ese hombre, tan claramente como reconocía el frío cañón de la pistola apuntándole.
Y entonces comprendió qué había sido aquel sonido que lo había despertado.
…El hombre apoyó el cañón del arma en la sien de Yujin y tras montar el mecanismo, susurró con una voz tan dulce como el azúcar
“Bienvenido, cariño.”
Winston Campbell.
Sus ojos violetas brillaron en la oscuridad. Yujin, pálido como el papel, abrió los ojos de par en par y no pudo hacer más que contemplar al hombre que tanto había amado en el pasado.
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