capitulo 14

“Entonces, el problema es Sir Carlton ¿No?”

“Sí”

Con la caída de la Casa Ducal, toda la administración del territorio estaba prácticamente paralizada. Encima, Carlton había bloqueado incluso la ciudad exterior, así que no había forma de comunicarse con el exterior. Había prohibido estrictamente cualquier actividad grupal y por mucho que se tratara de una plaga de langostas, era difícil imaginar que permitiría reunir gente bajo órdenes de la Casa Ducal.

“Viendo la situación, no sé si accederá”

Carlton estaba siendo extremadamente cauteloso. Los Lords que seguían al segundo príncipe eran enemigos y los que apoyaban al primer principe, aliados que podían traicionarlo en cualquier momento. Puede que Luisen, que se había rendido por voluntad propia, les pareciera relativamente confiable, pero eso no significaba que confiaran plenamente en él. Simplemente lo consideraba fácil de manejar y por eso lo dejaba estar, aunque sin bajar la guardia.

“¿Y si simplemente lo dejamos? Si cada territorio tiene una Llama Sagrada, quizá puedan contenerlo por su cuenta”

“Lo veo difícil. Muchos hombres jóvenes fueron reclutados como soldados, así que ya hay escasez de mano de obra. Además, la cosecha seguramente va retrasada respecto a otros años, así que los daños serán mayores”

“Mmm… ya veo”

No le quedaba otra que intentar pedírselo a Carlton. Aunque, tratándose del hombre que incendió más de la mitad de los campos dorados solo porque estaba de mal humor, quién sabía si le importaría una plaga de langostas.

“¿Tiene alguna idea en mente?”

“…No es que no tenga ninguna. No se preocupe, iré a hablar con él y luego le diré qué pasó”

Por un momento, Luisen pareció sorprendentemente confiable. El tesorero se quedó profundamente impactado.

Que el Lord diga que intentará resolver algo por sí mismo… jamás pensé que viviría para ver esto.

Desde el principio, Luisen nunca había sido alguien que tomara la iniciativa. Estaba tan acostumbrado a que todos resolvieran las cosas por él, que había terminado convirtiéndose en alguien así.

En primer lugar, Luisen nunca hacía nada por iniciativa propia. Se había vuelto así porque era natural que todos a su alrededor se encargaran de todo por él. Si a Luisen le caía un bicho en la taza mientras bebía agua, no decía que había un bicho, ni tiraba el agua, ni lloraba; simplemente se quedaba quieto hasta que alguien se daba cuenta y lo solucionaba.

Como había tantos sirvientes a su alrededor que lo cuidaban sin quitarle un ojo de encima, terminó adquiriendo ese hábito. Los sirvientes se dieron cuenta tarde de que esto no podía seguir así e intentaron corregirlo, pero al tratar de cambiar a la fuerza un patrón de comportamiento ya arraigado, Luisen se sintió incómodo. Al final se marchó a la capital donde no había nadie que interfiriera en su vida.

Ahora que lo pienso… que el Lord decidiera rendirse por su cuenta también fue algo extraño.

Muchos decían que simplemente había actuado impulsivamente por miedo y el propio tesorero también lo había creído. Pero, pensándolo mejor, Luisen no era el tipo de persona que tomara la iniciativa, ni siquiera estando aterrorizado.

Dicen que las grandes crisis cambian a la gente… quizá esté madurando un poco.

No, no. Todavía era demasiado pronto para esperar algo así. Para empezar, ni siquiera entendía por qué de repente estaba tan obsesionado con las langostas. Tal vez solo estaba inventando cualquier cosa para escapar de los encargos de Carlton.

Ya veremos con el tiempo.

De pronto, el tesorero recordó algo.

“Ahora que recuerdo, quien siempre nos enviaba avisos sobre la ruta de migración de las langostas era el territorio del Barón Lores”

“¿Qué pasa con ese lugar?”

“El Lord de allí invitó a Carlton a comer y lo hizo esperar deliberadamente durante medio día; terminó con las extremidades desgarradas hasta la muerte”

“… ¡Ah!”

El rostro de Luisen se puso pálido como el papel. Entre la búsqueda de la llave y los problemas que surgieron por las Llamas del Espíritu, se había olvidado por completo del recado de Carlton.

“¡T-tengo que irme ahora mismo!”

Luisen se dio la vuelta atropelladamente y salió corriendo sin el menor rastro de dignidad. Viéndolo así, el tesorero pensó.

No. Definitivamente aún es demasiado pronto para tener esperanzas.

***

El despacho de la Casa Ducal de Agnies

Carlton levantó la vista de los libros de contabilidad. Con razón sentía los ojos secos y pesados; había pasado bastante tiempo. Después de enviar a Luisen, se había quedado sentado examinando palabra tras palabra, por lo que era natural que incluso para un cuerpo tan robusto como el suyo, alguna parte empezara a resentirse.

Carlton se levantó de su asiento. El paisaje que se veía a través de la ventana era sumamente tranquilo. ‘Maldito Ducado de Agnies’, se estaba demorando aquí mucho más de lo previsto.

Cuando partió hacia el sur, el objetivo de Carlton era regresar rápido a la capital. Por ello, para asegurar la movilidad de sus tropas, no se había abastecido de provisiones suficientes. Su plan era conseguirlas directamente en el lugar, ya que el sur siempre rebosaba de comida.

Como siempre, su estrategia había salido perfecta. Aunque avanzó deliberadamente despacio, la conquista en sí fue rápida. El problema vino después. Si no recibía provisiones de la Casa Ducal, no podía volver a movilizar sus tropas. Pero los vasallos encargados de la administración parecían haberse puesto de acuerdo para abandonar todo trabajo.

En circunstancias normales, aquello se resolvía de dos maneras; ponerles una espada al cuello hasta que obedecieran o derribar las puertas de los almacenes y llevarse todo lo que encontraran.

Sin embargo, la situación actual de Carlton era delicada. Tal como Luisen había señalado, Carlton se encontraba en un momento en el que debía ser cauteloso. Al no poder usar los dos métodos mencionados anteriormente, no le quedaba más remedio que encargarse personalmente de los botines y suministros en lugar de los vasallos.

Esa era la razón por la que estaba revisando la administración del castillo del Ducado del Sur, algo que nunca imaginó que le tocaría hacer. Afortunadamente, esto era posible porque Carlton había aprendido a leer persiguiendo al sacerdote del pueblo y había aprendido contabilidad mientras escoltaba a mercaderes ambulantes. Si hubiera sido un mercenario común, se habría marchado con las manos vacías o lo habría saqueado todo arriesgando la vida.

En cualquier caso, el problema seguía siendo Luisen Agnies.

¿Qué tan inútil tenía que ser para que sus propios vasallos se pusieran en huelga en un momento como este?

Se notaba que al menos era consciente de que la culpa era suya y se esforzaba por hacer algo, pero era sorprendente lo poco que Luisen ayudaba. El hecho de que en solo unos días Carlton supiera más sobre las finanzas del Ducado que el propio Duque, lo decía todo.

Todo en él era decepcionante.

La verdad, cuando Carlton entró al castillo ducal, había llegado a tener ciertas expectativas sobre Luisen. La perspicacia que mostró era irritantemente aguda y la seguridad de sus palabras hacía pensar que podía ver el futuro. Además, el hecho de que hubiera venido personalmente a rendirse sin soltar tonterías y manteniendo una actitud limpia, cortés y respetuosa, también lo había sorprendido.

Todos los nobles que Carlton había conocido lo despreciaban. Aunque temían su fuerza y su crueldad, en su interior siempre pensaban ‘¿Qué podría hacernos alguien como tú?’. No importaba qué tan bien escondieran sus intenciones; en el instante en que Carlton mostraba un poco de paciencia o una actitud más dócil, empezaban a mirarlo por encima del hombro, como si confirmaran que después de todo él no era gran cosa.

El haber invitado a Luisen a la fiesta de la victoria fue a su manera, una forma de ponerlo a prueba. Y las expectativas de Carlton se hicieron añicos rápidamente, no pasó por alto el desprecio que asomó en los ojos de un descuidado Luisen.

Puedo aguantar cualquier cosa, menos que me desprecien.

En ese mismo instante, Carlton lo agarró por el cuello. A decir verdad, estando en una posición en la que debía ser cauteloso, quizá debería haber aguantado un poco más, pero Carlton no se arrepentía.

¿Quién te dijo que podías despreciar a alguien frente a sus propias narices?

Además ¿Qué había hecho realmente? Solo lo había agarrado del cuello y arrojado con fuerza sobre la mesa. No lo golpeó ni hizo correr sangre. Comparado con los castigos que solía dar a quienes lo despreciaban, aquello había sido increíblemente moderado.

Aun así, incluso después de sentirse decepcionado, Carlton siguió intentando tratar bien a Luisen. Desde entonces no volvió a ponerle un dedo encima, le habló siempre con formalidad y siguió tratándolo con respeto. Ni siquiera lo culpó por el retraso de la campaña.

Eso sí, cuando se frustraba, le daba trabajos pesados para desahogarse un poco.

¿Y todavía se queja? Ya estoy siendo bastante considerado.

En otros tiempos, esto ya habría provocado un baño de sangre. Pero Luisen, ajeno a ello, solo respondía con monosílabos cuando le hablaban y ni siquiera reaccionaba a las bromas. Si le decían algo amable, solo soltaba un ‘Mmm’; si lo provocaban otro ‘Mmm’. Esa actitud de indiferencia constante hería el complejo de inferioridad de Carlton.

¿Qué pasa? ¿Acaso cree que soy tan despreciable que ni siquiera merezco que me dirija la palabra?

Por eso, el hecho de que Luisen trabajara en silencio y con empeño en lo que se le ordenaba, a ojos de Carlton, no parecía más que otra forma de decir que no quería rebajarse a interactuar con él.

Lo cierto era que Luisen estaba completamente intimidado por Carlton; por eso no se atrevía a decir nada sin importar lo que le mandaran y estaba tan tenso que ni siquiera podía responder correctamente. Sin embargo, nadie conocía sus verdaderos sentimientos. Ni Carlton, ni mucho menos los sirvientes.

El problema era la apariencia de Luisen. Con una piel blanca como la de una muñeca de porcelana y rasgos delicados, Luisen emanaba un aire etéreo y misterioso, como el de un artista sumido en sus sueños, incluso cuando estaba allí sentado sin hacer nada. A esto se sumaban su expresión impasible y su porte elegante, fruto de una educación severa durante su infancia, lo que lo hacía lucir aún más noble y distinguido.

Especialmente cuando bajaba ligeramente la cabeza, sus pestañas doradas proyectaban una larga sombra sobre sus ojos azules, dándole un aspecto tan digno como el de un ángel sublime que soporta el sufrimiento. En esos momentos, Carlton se sentía como si él fuera el mismísimo demonio, lo que lo irritaba aún más.

¿Me hace esperar solo porque no pudo encontrar una llave?

En realidad, no es que lo estuviera esperando. El recado que le había dado no era urgente ni importante; se lo había encargado simplemente porque no soportaba verlo allí sentado, holgazaneando y comiendo a gusto. Pero el hecho de que Luisen no apareciera le generaba una irritación gratuita.

¿Debería dejar todo esto e irme a blandir la espada?

Carlton sacó una daga y empezó a juguetear con ella, haciéndola girar con destreza. En ese momento, se escuchó el sonido de alguien corriendo hacia allí y la puerta se abrió de par en par.

Luisen entró en la habitación con paso sereno. Cada uno de sus movimientos era ligero como una pluma. Si fuera cualquier otro hombre el que caminara así, resultaría insoportable, pero en el rostro de Luisen aquello lucía natural. Tenía una piel tan blanca que parecía no haber estado nunca bajo el sol; un rostro que no conocía las penurias. Y ese cabello dorado, tan resplandeciente como frágil.

Todo en él era lo opuesto a Carlton.

Luisen, quien gritaba con todo su ser que era un aristócrata, irritaba a Carlton con su sola presencia.

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