capitulo 13

Para eso, tenía que resolver cuanto antes el problema de las indemnizaciones.

Luisen se animó y se dirigió al despacho del administrador, pero justo frente a la puerta se topó con un grupo de sirvientes. Lo reconocieron y lo saludaron con la debida cortesía aunque en cuanto le dieron la espalda, empezaron a cuchichear.

“Es el Lord”

“¿No se suponía que estaba confinado? ¿Puede andar por ahí así sin más?”

“¿No lo oíste? Dicen que ahora hace de sirviente para Carlton”

“Dios mío, hasta a mí me da vergüenza ajena. Alguien así es nuestro Lord…”

Las miradas que le lanzaban eran tan punzantes que le quemaban la espalda. Luisen fingió no haber oído nada y entró apresuradamente en el despacho del administrador. Desde que andaba por el castillo cumpliendo encargos de Carlton, la mayoría de los sirvientes reaccionaban igual; chasqueaban la lengua y lo miraban con desprecio.

Snif…

Luisen aspiró por la nariz y tensó la mirada. Aun así, las lágrimas amenazaban con brotar, así que alzó la vista hacia el techo y parpadeó.

Duele… un poco.

Era una reacción natural; al fin y al cabo, ellos no sabían que había evitado una tragedia terrible. Pero aun así en ese momento le dolía más de lo esperado.

A ver…

Se palpó el pecho. Dentro del bolsillo interior de su chaqueta llevaba su ‘as bajo la manga’ algo rojo y firme, envuelto en una tela fina.

Era carne seca.

Quizá por haber pasado hambre extrema en el pasado, cada vez que le daba hambre sentía que estaba a punto de perder la razón. Era como si volviera a sus días de vagabundo, deambulando por las calles buscando basura para comer. Por eso desde hacía poco, llevaba siempre un par de tiras de carne seca escondidas como reserva de emergencia.

Tal vez porque en aquella época pasar hambre era lo habitual, desde que regresó al pasado se hundía emocionalmente cada vez que tenía hambre. En cambio, cuando estaba saciado, todo parecía estar bien.

Luisen empezó a masticar la carne seca. Al tener algo que morder, el hambre se fue calmando y con ella poco a poco también desapareció la tristeza.

Lo sabía, era por el hambre. Cuando tengo hambre, me deprimo.

Nadie entendía lo que realmente había hecho y para Luisen podría ser una situación en la que se sentiría tratado injustamente, pero en comparación él se lo tomaba con bastante calma.

Tampoco es como si me estuvieran pegando o lanzando piedras ¿Entonces qué más da?

Los insultos directos y las palizas que había sufrido en sus días de vagabundo lo habían endurecido. Con la carne seca aún en la boca, Luisen empezó a revisar el despacho del administrador.

Aquí está.

Junto con las llaves, encontró en un cajón del escritorio un registro de los almacenes del norte, como si lo hubieran guardado apresuradamente. Al parecer, al prepararse para una guerra defensiva, habían revisado si había algo útil en esos almacenes.

Si llevo esto también, quizá no me haga ordenar todo el almacén.

Hoy podría terminar temprano. Animado, Luisen repasó rápidamente el registro. Era bastante detallado, con dibujos y explicaciones.

Esto es una herramienta antigua para irrigar en épocas de sequía… esto parece un experimento fallido de maquinaria agrícola…

Dado que la mayoría del territorio se dedicaba a la agricultura, había muchos objetos relacionados con herramientas de cultivo. Pensándolo bien, la casa ducal había llevado a cabo investigaciones bastante profundas en ese ámbito. Aunque, como a Luisen nunca le interesó, aquello parecía haberse descuidado en su generación.

Mientras revisaba uno por uno, algo llamó su atención.

Oh… Llama Sagrada

El nombre sonaba grandioso, pero en realidad era una herramienta que lanzaba fuego para ahuyentar langostas. En el sur, siendo una región agrícola, cada ciertos años llegaban plagas de langostas.

Mmm… langostas… esas malditas bestias infernales salidas del mismo infierno.

No es por nada que lo llaman ‘Llama Sagrada’. Cuando esos enjambres aparecen tiñendo el cielo de negro y arrasan en un instante los cultivos que han costado todo un año de esfuerzo dejando solo ruinas, cualquiera termina invocando a los dioses.

Luisen también lo había visto de niño; los adultos usaban ese artefacto encantado, cuyas llamas quemaban únicamente a las langostas sin dañar los cultivos. Viéndolo en acción, el nombre no le quedaba grande en absoluto.

Esto sí que es una maravilla.

…¿Que?

Mientras contemplaba con cariño la Llama Sagrada, un recuerdo olvidado le vino de golpe a la mente.

¡Aún quedaba otra crisis que iba a golpear su territorio!

Fue después de que Carlton arrasara el ducado y se marchara. Sobre los campos, ya medio calcinados y desolados, apareció un enjambre negro de langostas. La gente, exhausta tras sofocar los incendios, no pudieron hacer nada más que observar impotentes cómo devoraban lo poco que quedaba de la cosecha.

Luisen no lo vivió en persona. En ese entonces, consumido por el miedo y la culpa, había huido del sur y avanzaba sin rumbo hacia el norte. Lo supo más tarde por boca de otros.

La masacre y el gran incendio provocados por Carlton eran sucesos tan impactantes y la propia huida nocturna de Luisen, se convirtió en tema de burla. Por lo que el desastre de las langostas apenas recibió atención. Fue como un empujón final a una región ya tambaleante. A decir verdad, a casi nadie le importó. Comparado con un Lord ridículo y un carnicero brutal, unos insectos no resultaban tan ‘interesantes’.

Incluso Luisen casi lo había olvidado.

Si cuento el tiempo desde que huí al territorio de Dobles, luego regresé al sur y volví a huir… todavía tengo algo de margen.

Como no recordaba la fecha exacta, trató de estimarla repasando sus propios movimientos antes de regresar en el tiempo.

Puede que los otros dos eventos fueran mucho más grandes, pero la plaga de langostas también era un problema capaz de decidir el destino de toda una cosecha anual. Si se las dejaba libres, incluso atacaban a personas y ganado.

Cuando llegaban, incluso los pueblos vecinas que normalmente vivían enfrentadas se unían para combatirlas. Si eso pasaba en una casa rica como la de Agnies, en territorios que dependían completamente de una sola cosecha al año la situación era aún más grave.

Tengo que detener esa plaga de langostas.

Por suerte, contaban con el mayor invento en la historia de la Casa Ducal de Agnies y la herramienta agrícola más querida del sur; la Llama Sagrada.

Pero… ¿cómo se usaba eso?

Luisen había pasado por varias plagas de langostas desde que se convirtió en Lord, pero como siempre sus vasallos se habían encargado de todo. Lo único que él había hecho era mirar y aplaudir mientras ardían los enjambres. Y eso además era un recuerdo de cuando era niño; de adulto ni siquiera estaba allí, siempre estaba en la capital.

Bueno… lo he visto antes, debería recordar algo…

Por más que se estrujó la cabeza, no le vino nada. Absolutamente nada.

¡Qué podía esperar de mí mismo!

Le dieron ganas de llorar. Buscó en su bolsillo por pura inercia, pero esta vez no quedaba ni un trozo de carne seca para consolar su corazón.

***

Luisen sabía que tenía limitaciones. Antes de convertirse en vagabundo, nunca había tenido que resolver nada por sí mismo, así que su capacidad para enfrentar problemas era pésima.

Ni siquiera después cambió mucho. Si tenía hambre, buscaba comida. Si caía la noche, buscaba dónde dormir. Más que resolver problemas, se limitaba a apagar incendios inmediatos, uno tras otro. La primera persona que realmente le enseñó a vivir fue aquel peregrino manco.

Tal vez por eso desde que regresó en el tiempo recordaba sus palabras con más frecuencia. Esta vez no fue la excepción.

El Santo lo había dicho.

Si no sabes, no te metas. Quédate quieto. Así al menos no lo empeorarás.

Entonces ¿Qué se hace cuando no puedes quedarte quieto, como ahora?

¡No te desgastes intentando resolverlo tú solo! ¡Ve junto al más listo y apégate a él!

Luisen fue a buscar al administrador. Después de todo, nadie conocía mejor la situación del territorio que él, que llevaba años actuando como señor en funciones.

Toc, toc.

Golpeó la puerta.

“Administrador, soy yo. Luisen”

No hubo respuesta, pero junto a la puerta había un soldado vigilando y dentro se percibía movimiento. Estaba claro que estaba dentro y fingía no estar.

“Administrador, tenemos que hablar. Es algo realmente importante; creo que se avecina una crisis en el territorio y no sé qué hacer, va a llegar una plaga de langostas ¿Qué se hace en un caso así?

Langostas.

Al oír esa palabra, dentro se escuchó un estrépito.

¡Bien! ¡Funcionó!

Luisen se alegró, pero quien salió no fue el administrador.

“¿Tesorero? ¿Qué hace usted ahí?”

“…Lo estaba atendiendo”

“Ah…”

“El administrador no está fingiendo. El médico ha venido varias veces”

“¿Y qué dijo?”

“Agotamiento, estrés… lo de siempre, pero ¿Langostas? ¿Por qué menciona a esas malditas criaturas salidas del infierno?”

El tesorero mostró interés. Claro, también era un hombre del sur.

Así es, cualquiera del sur le tiene pavor a las langostas. Sintiendo una extraña complicidad, Luisen le explicó que pronto llegaría una plaga.

“Hmm… no había ninguna predicción de una plaga de langostas”

“¿Se puede prever algo así?”

“Sí. No es que caigan del cielo sin más, suelen seguir rutas específicas y cuando empiezan a expandirse, los territorios por los que pasan envían avisos con antelación, pero este año no hemos recibido nada”

“Este año hubo una guerra civil ¿No?”

“Ah… claro”

El tesorero asintió, aceptando la posibilidad, aunque en el fondo otra idea empezaba a formarse en su mente.

Hmm… una plaga de langostas…

Aunque le respondió con sinceridad, el tesorero en realidad no creyó a Luisen. Después de todo ¿Qué podría saber sobre langostas un Lord encerrado en su castillo, que ni siquiera sabía de dónde provenía su información? Era algo de lo que ni siquiera el administrador general, quien llevaba las riendas del territorio, había oído hablar.

Aun así, es la primera vez que el Lord pregunta algo sobre asuntos del territorio.

No sabía por qué de repente estaba tan obsesionado con las langostas, pero en una situación así lo correcto era responder con la mayor seriedad posible.

“No es algo complicado. Como es algo que ocurre cada pocos años, si les avisamos a los pueblos para que se preparen, los jefes y las milicias locales suelen encargarse de ello. Cada pueblo tiene su propia Llama Sagrada.

“Ya veo…”

“Incluso mientras nos preparábamos para la defensa del castillo, dejamos intactas las Llamas del Espíritu, así que no tiene de qué preocuparse… pero como no podemos dar un aviso previo, no estoy seguro de cómo proceder…”

La voz del tesorero se fue apagando conforme terminaba la frase.

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