Capítulo 26
Aquí ya no tengo nada más que hacer.
Louisen cruzó los brazos y observó la apasionada conversación de sus vasallos. Prestaba atención, pero seguir escuchándolos empezaba a darle dolor de cabeza.
El mayordomo se encargará bien de esto.
Este tipo de cosas era mejor dejárselas a alguien que supiera hacerlas. Ya tendría tiempo de aprender poco a poco después de superar la crisis.
Louisen miró al mayordomo. Cuando sus miradas se encontraron, el mayordomo inclinó ligeramente la cabeza. Eso fue todo, pero en su cortés saludo y en aquella mirada afectuosa, Louisen pudo sentir lo orgulloso que estaba de él. Era una expresión que no había vuelto a ver desde que alcanzó la mayoría de edad. No le dijo ni una sola palabra de felicitación, pero Louisen supo reconocer que aquello era un elogio.
El mayordomo había reconocido los esfuerzos de Louisen y lo que había conseguido. Solo entonces Louisen pudo sentirse tranquilo, mientras una sensación de orgullo llenaba su pecho.
Fue bien.
Con pasos mucho más ligeros, Louisen salió discretamente de la sala de reuniones. Sin embargo, alguien se apresuró a seguirlo.
"Mi Lord"
Era el capitán de los caballeros. Los arrugados contornos de los ojos del viejo caballero estaban enrojecidos y húmedos. Con expresión resuelta, se arrodilló frente a Louisen. Louisen intentó detenerlo, pero el capitán no le dio siquiera la oportunidad.
"Lo siento, mi Lord"
"¿Eh? ¿Por qué?"
Louisen preguntó, perplejo ¿Por qué se arrodillaba de repente?
"Debí haberlo acompañado y protegido, mi Lord. Solo después de verlo sufrir así me he dado cuenta de mi error. Por culpa de mi obstinación, por ese maldito orgullo mío, puse a mi Lord en peligro..."
El viejo caballero bajó la cabeza, lleno de culpa.
"Terminó herido de esta manera... De verdad pudo haber ocurrido una desgracia. No tengo cara para presentarme ante usted ni ante el anterior Lord"
El capitán de los caballeros se sentía verdaderamente culpable. Si un caballero lo hubiera acompañado, Louisen no habría quedado rezagado junto con un sirviente. Los caballeros lo habrían ayudado y protegido.
El capitán sabía perfectamente que Louisen no era un jinete hábil y que tampoco tenía fuerzas para protegerse a sí mismo. No había forma de que Louisen pudiera seguir el ritmo de aquellos rudos mercenarios. Y aun sabiéndolo, no había tomado ninguna medida. Solo podía sentirse culpable y reprocharse su propia complacencia.
¿Y si Carlton no hubiera encontrado a Louisen? ¿Y si hubiera seguido atrapado entre aquella multitud enfurecida?
Solo imaginarlo le provocaba escalofríos.
"Castígueme, mi Lord. Haber antepuesto mis sentimientos a mis deberes como caballero es algo que jamás debería ser perdonado"
"No ¿Por qué llegar al extremo de castigos? Estoy bien. Mírame, no me pasa nada"
"No, mi Lord. No puede dejarlo pasar sin más. Ya no soy digno de seguir siendo su caballero"
Escuchando cómo el capitán se culpaba a sí mismo, Louisen empezó a sentirse incómodo.
No, tampoco hace falta llegar tan lejos...
Louisen dudó un momento sobre qué hacer y al final se agachó frente a él. El capitán de los caballeros se sobresaltó.
"Aunque hubieras dicho que querías acompañarme, yo te habría rechazado"
"Pero aun así no debí aceptarlo. No se trataba de cualquier cosa, sino de la seguridad de mi Lord..."
"Si yo decía que no quería ¿Qué podías hacer tú? La culpa fue mía por no saber lo que ocurría en la ciudad al pie del castillo, a pesar de tenerlo delante de mis narices"
"¡Eso no fue culpa de mi Lord! ¡Sus vasallos debimos haberlo asistido con mayor atención!"
"No. Yo fui quien firmó, así que fue culpa mía. Lo siento"
"No es así, mi Lord. Es cierto que el territorio atravesó una crisis durante un tiempo, pero esas cosas pueden ocurrir en la vida ¿Acaso en la larga historia de la Casa Ducal de Agnies nunca hubo una crisis de esta magnitud?"
El capitán de los caballeros empezó, por el contrario, a consolar a Louisen. Creía que por su culpa Louisen estaba reprochándose demasiado. Era realmente un caballero admirable, capaz de preocuparse incluso por los sentimientos de su Lord. Como el capitán acababa de decir algo muy conveniente, Louisen se aferró inmediatamente a sus palabras.
"Bien dicho, exacto. Las personas cometen errores en la vida, es algo que puede pasar"
"Pero..."
"¿Crees que no conozco tu lealtad? Por mí, incluso me entregaste algo que apreciabas tanto como tu propia vida"
Louisen le mostró la pulsera que el capitán le había dado. De hecho, gracias a él había logrado detener incluso aquella espada descontrolada. Con cuidado, Louisen se quitó la pulsera y volvió a colocarlo en las manos del capitán.
"Gracias a que te preocupaste por mí, pude regresar al castillo sano y salvo. Gracias por prestarme algo tan valioso"
"Mi Lord..."
"Y yo lamento no haber sabido comprender mejor tus sentimientos"
El capitán de los caballeros había cumplido con sus deberes como caballero mejor que nadie. Aquel hombre rígido y obstinado había seguido protegiendo el Castillo Ducal hasta el final, incluso después de haber sido abandonado por su Lord. Su final había sido digno de la caballería y aquella lealtad que no retrocedió ni siquiera ante la muerte merecía todo respeto.
Pero, lejos de convertirse en un ejemplo para las generaciones futuras, por culpa del Lord que había huido tuvo que recibir, incluso después de muerto, un trato peor que el de perros y cerdos. Por eso Louisen pensaba que él no tenía derecho a recibir sus disculpas.
¿Quién se atrevía a castigar a quién? Yo huí y él se quedó.
"Tú siempre cumpliste con tu deber. El que debería disculparse soy yo"
Louisen sabía que, por muchas veces que dijera que lo sentía, jamás lograría transmitir la desgarradora culpa contenida en aquellas palabras. Porque el futuro había cambiado por completo y ya no ocurriría lo mismo que antes de su regreso.
Aquel suceso se había convertido ahora en un recuerdo que nadie conocía salvo Louisen. Y, aun sabiéndolo, se disculpaba con alguien que no podía comprender sus palabras porque quería llorar la muerte del capitán de los caballeros, una muerte que ahora solo existía en su memoria y porque no quería olvidar aquella culpa.
Louisen permaneció en silencio y tomó la mano del capitán de los caballeros.
"Siempre te estaré agradecido"
"Mi Lord..."
El capitán de los caballeros miró la mano de Louisen con sorpresa. Aquella mano, que antes había sido pequeña y delicada como una hoja que brota a comienzos de primavera, había crecido sin que se diera cuenta y ahora envolvía la suya, sosteniéndola con firmeza. Solo entonces el capitán comprendió que Louisen había crecido y se había convertido en un adulto.
Por su mente pasaron los momentos felices que había vivido cuidando al pequeño Louisen, el dolor que había sentido cuando Louisen y sus vasallos comenzaron a distanciarse y las veces que se había culpado a sí mismo al enterarse de que Louisen se había convertido en un libertino.
Pensar que su Lord, en lugar de castigar a un caballero que merecía ser castigado, le decía que lo sentía ¿Cuándo se había vuelto tan digno de confianza?
Al final, una lágrima cayó de los ojos del capitán de los caballeros. La lágrima recorrió los profundos surcos de sus arrugas, acumulaba emociones tan complejas como los años que había vivido y por eso pesaba enormemente.
"Nunca volveré a tomar a la ligera las palabras de mi Lord. Si es una orden suya, creeré en usted y lo seguiré sin importar de qué se trate"
El capitán de los caballeros hizo aquella solemne promesa.
No, eso tampoco está bien ¿Por qué confiarías en mí?
Louisen tuvo sus dudas, pero no era tan imprudente como para arruinar una situación tan seria diciendo algo así. Con una actitud solemne y digna, tranquilizó al capitán de los caballeros y lo mandó de regreso a la sala de reuniones para que terminara lo que aún tenía que hacer.
Lo agradezco, pero... no debería confiar tanto en mí... Si sigue así, algún día pasará algo realmente grave...
Gracias a sus conocimientos del futuro, Louisen había conseguido parecer inteligente por un tiempo, pero en esencia odiaba tener que pensar demasiado y solía tomarse casi todo a la ligera. Nadie sabía mejor que él mismo que no tenía precisamente una personalidad muy confiable.
Tendría que hablar de eso con él en otra ocasión.
Louisen dejó escapar un leve suspiro y apresuró los pasos que había detenido por un momento.
***
En el Castillo Ducal había varias prisiones. Louisen ya le había preguntado de antemano a uno de los subordinados de Carlton dónde estaban encerrados los habitantes que habían sido arrestados durante el día.
Los habitantes capturados se encontraban en la mazmorra subterránea. Era una prisión destinada a encerrar por separado a criminales cuyos cargos eran claros y cuyos delitos eran graves antes de ser juzgados.
Por lo general, quienes eran capturados durante una revuelta eran expulsados del territorio. Si no habían sido los cabecillas, el castigo podía sustituirse por una multa o trabajos forzados, pero aquello dependía de la discreción del Lord.
Sin embargo, cuando se trataba de hacerle daño al Lord, la pena era siempre la muerte. Que un habitante del territorio, que vivía bajo la misericordia y protección de su Lord, lo atacara era considerado un grave acto de traición capaz de quebrantar el orden establecido, por lo que no había lugar para la indulgencia.
Resultaba difícil afirmar que las personas arrestadas durante el día hubieran sido quienes hirieron directamente a Louisen.
Decidir si debían ser considerados simples personas que se dejaron llevar por la incitación o rebeldes que habían atacado a su Lord quedaba a discreción del propio Lord. Esto se debía a que el Lord poseía el derecho exclusivo de juzgar los delitos cometidos dentro de su territorio.
En ese momento, Carlton le había arrebatado temporalmente incluso el derecho de impartir justicia, pero como había dicho que podía hacer lo que quisiera con los arrestados, su destino dependía de la decisión de Louisen.
Poner un pie en el Castillo Ducal ya era algo que quizá solo ocurriría una vez en la vida y que el lugar al que los hubieran llevado fuera precisamente la mazmorra subterránea había llevado la ansiedad de aquellas personas al límite. Cuando Louisen, quien tenía en sus manos la decisión sobre su vida o su muerte, apareció ante ellos, la mazmorra se llenó de súplicas.
"¡Lo siento, mi Lord!"
"¡Yo jamás le hice daño a mi Lord! ¡Se lo juro!"
Las voces sonaban una y otra vez, aturdiéndolo. Entre todo aquel ruido, escuchó una voz familiar.
"¡Mi Lord! ¡Mi Lord! ¡Soy yo! ¡Estoy aquí!"
"¿Ruger?"
¿Ruger estaba encerrado en una celda junto con cinco o seis habitantes de la ciudad?
"¿Por qué estás ahí?"
Louisen, sorprendido, se acercó a grandes pasos. Ruger estaba pegado a los barrotes y llamaba desesperadamente a Louisen.
"Mi Lord. Ay, mi Lord ¿Por fin ha venido a salvarme?"
"No sabía que estabas aquí ¿Por qué estás metido en un sitio como este?"
"Cuando Carlton se llevó a mi Lord durante el día, intenté seguirlos, pero terminé enredado con esta gente y me arrestaron junto con ellos"
Con razón no lo había visto.
Ruger comenzó a relatar todas las penurias que había sufrido. Parecía haber pasado por algo terrible, pues estaba tan indignado que hasta tenía lágrimas en los ojos. Su estado no parecía nada bueno.
"Primero, sal de ahí"
Cuando Louisen ordenó a un soldado que abriera la puerta, Ruger salió adoptando una postura extraña. Ni siquiera podía enderezar bien la espalda y rechinaba como una bisagra oxidada. Se estremecía incluso con el más mínimo roce de la ropa, como si hubiera recibido una buena paliza en alguna parte.
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