Capítulo 28
“…Su Majestad…”
Chu Yanchuan alzó la mano, formó un talismán en el aire y golpeó hacia adelante. Yu Linyun, que se encontraba a apenas un paso de distancia, se desvaneció al instante. Bajó la mano y Jing Feirong se volvió hacia él, con los ojos llenos de lágrimas. Chu Yanchuan dijo “Su Alteza, la ilusión perturba la mente. Salga conmigo”
Ambos corrieron hacia la grieta de la ilusión que se abría a sus espaldas. Jing Feirong dio un paso fuera de ella, pero en ese preciso instante, las manos que ambos mantenían fuertemente entrelazadas se soltaron de repente. Sintiendo un vacío en el corazón, Jing Feirong se giro, pero solo alcanzó a ver un borde de túnica blanca. La grieta se cerró. Jing Feirong cayó de nuevo en el Pantano Marchito, mientras Chu Yanchuan quedó atrapado dentro de la ilusión.
Entonces lo oyó decir “No creo que Linyun sucumbiera a la oscuridad”
Chu Yanchuan se negaba a creer que Yu Linyun hubiera sido consumido, por lo que aun deseaba la muerte de Chi Tuo. Jing Feirong empuñó con fuerza la espada sagrada, levantó el brazo y la blandió contra Chi Tuo. La hoja se hundió en su hombro izquierdo. Chi Tuo rugió, luchando por liberarse de sus cadenas mientras el espíritu demoníaco libraba una desesperada batalla defensiva. Jing Feize se sumergió en el sello para buscar la vena del dragón y la esencia del alma, mientras Yu Cang y Hei Wuchang mantenían la formación para contenerlos.
Jing Feiyun regresó con sus tropas, sin prestar atención al motivo por el que habían roto el sello. Tras entrar en el Pantano Marchito, ahora ocupaba el lugar de Chu Yanchuan en una esquina del triángulo. Jing Feirong fijó su mirada en Chi Tuo y pronunció palabra por palabra “Abre la ilusión”
Con Chi Tuo muerto, la ilusión se disiparía, permitiendo a Chu Yanchuan escapar. Sin embargo, Jing Feirong se negó a correr ese riesgo. Exigió ver a Chu Yanchuan salir ileso de la ilusión antes de destruir por completo a Chi Tuo.
“Ni lo sueñes…” Chi Tuo echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada, mientras sangre escarlata corría por la comisura de sus labios “Si muero, él tampoco podrá abandonar la ilusión. Quedará atrapado aquí por toda la eternidad”
Apenas terminaron de sonar sus palabras, Chi Tuo abrió ambos brazos y liberó frenéticamente a los espíritus demoníacos. Se dispersaron como un mar de llamas y la barrera del Pantano Marchito comenzó a agrietarse bajo aquel abrasador embate. La barrera estaba unida al espiritu primordial de Jing Feirong; al sufrir aquel violento impacto y desgarro, un dolor insoportable le estalló en la cabeza. Soltó la Espada Sagrada, que cayó al suelo y se llevó una mano a la sien, apretando los dientes sin dejar escapar un solo sonido. Sin embargo, su cuerpo no dejaba de encogerse y convulsionar; las venas se marcaron bajo su piel y las escamas de dragón estaban a punto de desgarrar su carne.
Jing Feiyun y los demás estaban consumidos por la angustia, pero no podían hacer nada. Si la formación mostraba la menor abertura en ese momento, Chi Tuo se libraría inevitablemente de sus cadenas. Con la barrera quebrandose, los espíritus demoníacos volaron hacia todos los rincones del Reino Demoníaco, aumentando el cultivo de los demonios dispersos. El rumbo de la batalla se desmoronó estrepitosamente y tanto los soldados celestiales como los generales del Inframundo sufrieron pérdidas devastadoras. Incluso dentro del sello impregnado de una densa energía demoníaca, a Jing Feize le costaba resistir, aguantando a duras penas mientras buscaba la vena de dragón y el alma.
Jing Feirong no podía seguir presenciando cómo los espíritus demoníacos se desbordaban por todas partes. Con gran dificultad, levantó la mano e invocó el simbolo; aceptaría el contragolpe espiritual y si su espiritu primordial debía destrozarse, que así fuera. Siete mil años de cultivo, junto con el simbolo supresor del mal, serían suficientes para volver a someter a Chi Tuo… Siempre y cuando Chi Tuo no muriera, Chu Yanchuan tendría la oportunidad de escapar del reino ilusorio; solo rogaba que Jing Feize encontrara cuanto antes el alma de su Venerado Padre.
“¡Feirong!” Cuando Jing Feize salió del sello, ya no le quedaban fuerzas para sostenerse. Cayó de rodillas y escupió una bocanada de sangre, pero seguía aferrando con fuerza media vena de dragón y un alma de un tenue resplandor azul. Con voz ronca gritó hacia Jing Feirong “Lo encontré…”
En el instante en que vio aquella hebra de alma, los ojos de Jing Feiyun se abrieron de par en par. Incontables recuerdos, sepultados desde hacía mucho tiempo, irrumpieron en su mente como una marea. Eran todos los recuerdos relacionados con Yu Linyun.
“Papá…” murmuró Jing Feiyun, completamente aturdido.
Jing Feirong ya no vaciló. Lanzó el simbolo desde la palma de su mano hacia el cielo, cubriendo por completo el Pantano Marchito. Los espíritus demoníacos fueron reprimidos una vez más dentro del reino, incapaces de volver a escapar. Jing Feirong se incorporó lentamente. Su cuerpo se tambaleaba mientras recitaba en voz baja el conjuro para invocar la Espada Sagrada. La espada abandonó el cuerpo de Chi Tuo, atravesó el aire y regresó a su mano.
La sangre brotaba sin cesar de sus oídos y de la comisura de sus labios; incluso le manaba por la nariz. Ya era incapaz de distinguir sonidos o percibir la respiración ajena, pero aun así alzó la voz con severidad para dar la orden “¡Hagan la formación! ¡Utilicen el Sello de Supresión Demoníaca para volver a sellar a Chi Tuo!”
Al terminar de hablar, Jing Feirong empuñó la espada e infundió en ella todo el poder de su cultivo, clavándola en Chi Tuo con todas sus fuerzshimias. Al mismo tiempo, Yu Cang y los demás abrieron el sello, esperando el momento en que Chi Tuo fuera devuelto a su interior para reprimirlo una vez más. El poder espiritual del dios dragón irrumpió como una avalancha imparable, erosionando y debilitando el cultivo de Chi Tuo, obligándolo a retroceder hacia el interior del sello. Sin embargo, justo cuando estaba a punto de ser absorbido nuevamente por este, todos vieron cómo de su pecho brotaba una deslumbrante luz azul que se expandía como innumerables lanzas, iluminando por la fuerza el cielo entero del Reino Demoníaco.
Acto seguido, una inmensa oleada de energía espiritual se abatió sobre ellos. Jing Feirong y los demás fueron derribados al suelo sin excepción, como si una marea gigantesca los hubiera arrollado. Durante un instante, nadie fue capaz de resistirla. Los oídos de Jing Feirong habían quedado dañados y ya no podía escuchar absolutamente nada. No oyó el rugido agonizante de Chi Tuo, ni los gemidos de dolor de los demás, ni el estruendo de la batalla entre dioses y demonios fuera del reino. Pero sí escuchó la voz de Chu Yanchuan. No llegó a sus oídos, sino directamente a su mente.
Escuchó a Chu Yanchuan decir “Me pregunto si Su Alteza aún recuerda el monte Shuliang… y aquel árbol siempre verde”
Cuando volvió a abrir los ojos, a través de su visión borrosa, vieron que la esencia demoníaca de Chi Tuo ya se había disipado como humo. Lo único que quedaba era el cuerpo sin vida desplomado sobre el suelo.
El antiguo demonio primordial Chi Tuo había sido destruido por completo, cuerpo y alma. Pero Jing Feirong no tuvo tiempo para prestar atención a aquello. Se levantó tambaleándose, tropezando a cada paso, y recorrió vacilante los alrededores del sello. Con la escasa energía espiritual que aún le quedaba, buscó desesperadamente cualquier rastro de Chu Yanchuan, pero no encontró nada.
“…Su Majestad… Su Majestad…” murmuró Jing Feirong con la mirada perdida.
Alguien se acercó para sostenerlo. Era Yu Cang. Jing Feirong lo sujetó bruscamente por el cuello de la ropa y con los ojos enrojecidos, le preguntó “¿Dónde está Su Majestad? Mi cultivo ya no es suficiente… No puedo encontrarlo… Ayúdame… ¿Sí?”
Yu Cang solo lo miró con expresión abatida. Sus ojos estaban inyectados en sangre, pero no dijo una sola palabra.
“¡Habla! ¡Di algo!” Jing Feirong jadeaba entre sollozos mientras las lágrimas rodaban sin parar por su rostro. Con la voz completamente ronca, le gritó a Yu Cang “¿Ya lo sabías… verdad? ¡¿Ya lo sabías?!”
¿Ya sabías que Chu Yanchuan iba a morir?
Jing Feirong había creído que Chu Yanchuan estaba apostando el destino de todos los seres. Había pensado que, entre los Seis Reinos y Yu Linyun, él había elegido a Yu Linyun, pero nunca imaginó que esta vez Chu Yanchuan tampoco había hecho esa elección. Había apartado tanto a los Seis Reinos como a Yu Linyun de la balanza, dejando, igual que hacía más de siete mil años, únicamente a Chi Tuo y a sí mismo. Desde el principio había decidido morir y llevarse también a Chi Tuo con él. No estaba dispuesto a dejar otra amenaza para los Seis Reinos.
Chi Tuo había desaparecido. La ilusión había desaparecido. Y Chu Yanchuan también había desaparecido.
La luz azul que estalló desde el pecho de Chi Tuo era el cultivo y el espiritu primordial de Chu Yanchuan desintegrándose por completo dentro de la ilusión. Él nunca pretendió volver a sellarlo, había elegido perecer junto con Chi Tuo.
Jing Feirong todavía recordaba las palabras que Chu Yanchuan le dijo antes de la batalla-
“Si fracasamos, será responsabilidad mía”
En ese momento, él le había prometido que no perderían.
Pero perdió.
Y por eso, todas las consecuencias de aquella derrota terminaron recayendo sobre Chu Yanchuan.
Yu Cang permaneció en silencio de principio a fin. Lentamente, Jing Feirong cayó de rodillas, levantó una mano para cubrirse el rostro manchado de sangre y las lágrimas se deslizaron entre sus dedos.
El Reino Demoníaco, devastado por la guerra, pareció quedar en calma en un solo instante. Desde el cielo llegó un leve susurro y pequeños copos blancos comenzaron a descender.
Estaba nevando.
En el Reino Demoníaco no había llovido ni nevado en millones de años. Sin embargo, aquella noche, nevó.
Todo estaba reducido a ruinas. En los oídos de Jing Feirong solo había un silencio absoluto. Había perdido sus oídos; no podía escuchar nada. Lo único que seguía resonando en su mente era aquella frase “Me pregunto si Su Alteza aún recuerda el monte Shuliang… y aquel árbol siempre verde”
Probablemente, esas habían sido las últimas palabras que Chu Yanchuan logró transmitirle con el último vestigio de su poder espiritual.
Jing Feirong apartó la mano de su rostro, se secó las lágrimas con el dorso de la mano y se puso lentamente en pie. Tambaleándose, salió del Pantano Marchito. Al pasar junto a Jing Feize, se detuvo con dificultad y contempló la vena de dragón y el alma que su hermano sostenía entre las manos. Ese era el resultado que Chu Yanchuan había esperado durante tantos años.
“La vena de dragón… déjasela a padre y la resurrección de papá… te lo encargo, hermano”
Jing Feirong no podía escuchar su propia voz; solo podía hablar guiándose por la sensación.
“Yo… iré al monte Shuliang. Quizá… quizá Su Majestad… me esté esperando allí”
“Feirong…” Jing Feize lo sujetó con voz ronca “Tú…”
Jing Feirong negó con la cabeza. De todas formas, ya no podía oír nada. Era mejor dejar de preocuparse por todo. Se soltó suavemente de la mano de Jing Feize y siguió caminando sin volver la vista atrás. La Espada Sagrada lo seguía en silencio. Un hombre y una espada se alejaron poco a poco hacia la distancia.
El monte Shuliang seguía siendo tan frío como siempre. El viento continuaba soplando con la misma fuerza. Aquel árbol divino, frondoso desde antes incluso de la creación del cielo y la tierra, ya no conservaba una sola hoja. Su exuberante copa, el prado y las flores silvestres que crecían bajo su sombra estaban completamente cubiertos por la nieve. En una sola noche, todo había perdido su aspecto original.
Jing Feirong se detuvo frente al árbol y apoyó una mano sobre el tronco.
Estaba frío.
Ya no conservaba aquel leve calor de antes.
No quedaba en él ni el más mínimo rastro de energía espiritual.
El viento era intenso y la nieve caía con fuerza, haciendo que una linterna y una bolsita de brocado, colgados de las ramas, se balancearan desordenadamente. Jing Feirong alzó la mano y los descolgó. La bolsita estaba llena de dulces de melocotón blanco confitados. En cuanto a la linterna… era aquella linterna con forma de flor de peral que durante el Festival de Linternas, junto al río, Jing Feirong le había regalado personalmente a Chu Yanchuan.
Nunca había imaginado que Chu Yanchuan hubiera conservado aquella linterna durante todo ese tiempo.
En su interior había un pequeño rollo de papel. Jing Feirong apartó la nieve acumulada, lo sacó y lo desplegó. La caligrafía era elegante y refinada.
“Que las linternas iluminen el frío de la noche; que las risas y las palabras perduren como en este instante ”
Él deseaba que el Quinto Príncipe nunca tuviera que crecer.
No significaba evitar crecer, sino no tener que hacerlo, no necesitar crecer; sin verse obligado por las llamadas responsabilidades, sin ser forzado a enfrentar reproches y heridas, sin tener que cargar sobre sus hombros una pesada carga a una edad en la que debía estar libre de preocupaciones. Este era el deseo ferviente de Chu Yanchuan; no quería que Jing Feirong resultara herido y de manera egoísta anhelaba que fuera libre y amado para siempre. Su majestad solo había sido egoísta una sola vez en toda su vida, plasmándolo en el papel, dentro de esta breve frase.
Sin embargo, su deseo no pudo hacerse realidad; él se convirtió en la cicatriz más dolorosa de Jing Feirong, una herida viva y sangrienta. Jing Feirong entregó su corazón por él, intentando con todas sus fuerzas escalar montañas y cordilleras solo para abrazarlo y tenerlo a su lado, pero al final solo quedó cubierto de nieve fría, de pie en un desierto helado de miles de leguas, como si todo hubiera sido un sueño.
Desde el principio, Chu Yanchuan caminó teniendo este destino como desenlace; lo había previsto de antemano y lo sabía perfectamente, mientras que Jing Feirong permanecía a oscuras, completamente ajeno a la verdad.
Jing Feirong cayó de rodillas frente al árbol. Sus ojos estaban inyectados en sangre. Su voz era ronca y las lágrimas caían silenciosamente sobre la nieve “Chu Yanchuan… qué cruel eres”
Sabías que te amaba… ¿Entonces como pudiste abandonarme?
“Sabiendo perfectamente que nunca podría olvidarte… ¿Cómo pudiste dejar que descubriera que el árbol divino que me acompañó durante toda mi infancia… eras tú?”
El viento helado sollozaba a su alrededor, pero Jing Feirong no podía escuchar nada. Ante sus ojos solo había un mundo cubierto de blanco. Recordó el día de aquella boda, Chu Yanchuan vestía de rojo, con una belleza que eclipsaba incluso a la nieve. Sin embargo, él se había escondido en la colina de bambus, bebiendo durante todo el día, sin siquiera dedicarle unas cuantas miradas más.
¿Por qué……por qué no lo miró un poco más?
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