capitulo 11
Capítulo 2. Resuelves una cosa y aparece otro problema
En un rincón apartado del castillo Ducal, Ruger se detuvo frente a una habitación de invitados situada en una zona remota. El soldado que custodiaba la puerta inspeccionó la bandeja que llevaba. Mientras tanto, Ruger dejó escapar un suspiro.
Luisen había sido desplazado de la mejor habitación del territorio, la del Lord, y había terminado allí. Según él mismo se la había cedido a Carlton, pero a ojos de la mayoría de los sirvientes, lo habían echado.
¿Cómo ha acabado así el gran Duque de Agnies…?
El soldado terminó la revisión y abrió la puerta. Ruger asintió levemente y entró. Luisen ya se había levantado; sin ayuda de nadie se había cambiado de ropa y estaba sentado a la mesa. Al verlo a Ruger se le escapó otro suspiro.
Luisen siempre había vivido rodeado de los mejores lujos, atendido por decenas de sirvientes. Si no era algo caro y exclusivo, ni lo miraba. Por supuesto, su residencia en la capital era elegante y ostentosa. Incluso la habitación del Lord en el castillo, aunque menos refinada, conservaba una nobleza sobria acorde con la dignidad de un Duque.
Comparado con eso, este lugar…
La habitación era amplia y limpia, pero los muebles estaban gastados y la decoración resultaba vulgar. Tan vacía y desolada que parecía un almacén abandonado, lo que la hacía aún más miserable.
Para colmo, no había sirvientes que lo atendieran. Todos en el castillo estaban ocupados sirviendo a Carlton y a sus hombres. Solo Ruger quedaba para encargarse de Luisen, pero hacer en solitario el trabajo de varios lo superaba, apenas podía mantener la habitación en orden y llevarle la comida a tiempo. Así que Luisen había tenido que arreglárselas por sí mismo; traerse agua para asearse, cambiarse de ropa, ocuparse de lo que necesitara.
Para alguien que recordaba a Luisen incapaz de mover un dedo si no lo vestían y que podía pasarse el día entero en pijama esperando, verlo arreglárselas solo resultaba dolorosamente patético.
Ah… ¿cómo ha terminado así, mi señor duque…?
Ruger dejó la comida sobre la mesa. La calidad también estaba muy lejos de lo que solía ser; pan, sopa, un plato de verduras y otro de carne. Hasta un barón pobre de la capital comería mejor que esto. El cambio en la vida de Luisen era tan drástico que incluso a Ruger, que lo atendía, le resultaba miserable. Cada vez que el mayordomo pensaba en él, se enjugaba las lágrimas a escondidas.
Sin embargo, Luisen no parecía afectado en lo más mínimo.
“¡Hoy también es un festín!”
Recibió con alegría aquella comida que comparada con la de antes era claramente insuficiente. Ruger lo miró, desconcertado.
“¿Qué pasa? ¿Tienes algo que decir? ¿No puedes decirlo mientras como? Tengo hambre”
No sabía si llamarlo optimismo o simple despreocupación. La persona que debería sentirse más humillada y miserable, el propio Luisen, parecía completamente indiferente.
“No, nada. Coma”
“Mm”
Luisen respondió con una sonrisa y empezó a comer. Primero cortó un gran trozo de pan y se lo metió en la boca de un bocado. Masticó ruidosamente y luego dio un sorbo a la sopa caliente. Después con calma fue atacando los platos de verduras y de carne. Estaba disfrutando de la comida de verdad, con una felicidad genuina.
¿Desde cuándo come así el Lord…?
El Luisen que Ruger recordaba siempre se mostraba indiferente ante la comida. Ni siquiera cuando probaba platos preparados con esmero por cocineros reales o recetas hechas con ingredientes rarísimos que solo aparecían una vez cada diez años, mostraba entusiasmo alguno. Tenía además un apetito escaso, lo que hacía sufrir mucho a los cocineros de la residencia y ahora estaba masticando hasta el cartílago de un muslo de pollo apenas sazonado con sal.
Si hace tres horas se comió tres manzanas porque le daba antojo…
A veces parecía que no era el mismo Lord al que servía. Que no causara problemas, que no bebiera y se comportara tranquilamente, podía entenderse dadas las circunstancias; pero este cambio, como si tuviera un hambre insaciable ¿Como podría explicarlo?
Dicen que algunos alivian el estrés comiendo compulsivamente…
¿Había sido tan grande el impacto? Ruger lo observó con expresión complicada.
Sin imaginar siquiera los malentendidos de Ruger, Luisen simplemente estaba feliz porque la comida le sabía deliciosa.
Definitivamente, el pan de aquí es el mejor.
Antes ni siquiera tenía suficiente del pan duro y áspero como ladrillos, no podía comerlo aunque quisiera; en cambio, el pan blanco hecho solo con trigo era tan suave que bastaba con tenerlo en la boca para que se deshiciera. Era casi embriagador.
Esto es lo mejor. Hice bien en rendirme.
Estaba viviendo los días más felices y satisfactorios de toda su vida.
A la hora de comer, Ruger le traía comida recién hecha y caliente. Sobre la mesa siempre había fruta, lista para que la tomara cuando quisiera. Bastaba con decir qué le apetecía y Luisen solo tenía que quedarse sentado y recibirlo todo.
Ruger se lamentaba de lo pobre que era la habitación, pero para Luisen un dormitorio con techo, paredes y calefacción era poco menos que un palacio. Para pasar una noche en un granero tenía que rebajarse y adular al dueño hasta el cansancio. Ya no tenía que preocuparse de que le cayera escarcha mientras dormía ni de pasar la noche en vela por miedo a los perros salvajes.
Se envolvió en esas mantas suaves y al despertar se sentía tan renovado que parecía que iba a echar a volar y todo eso era gratis. Sin pagar ningún precio, solo por ser el duque de Agnies, recibía ese trato.
Lo que antes daba por hecho, ahora le resultaba completamente nuevo. Quizá porque lo había recuperado tras corregir sus errores, se sentía aún más satisfecho.
Mientras comía, llamaron a la puerta. Un soldado de Carlton apareció, Luisen se quedó helado con la cuchara en la mano ¿Otra vez…? ¿Se acababa aquí su momento de felicidad?
“El señor quiere verlo”
“Estoy en medio de la comida…”
“Debe venir ahora mismo. Sin demora”
“…Entiendo”
Luisen dejó la cuchara y se lavó las manos en el cuenco de agua que Ruger le había preparado.
“¿De verdad tiene que salir corriendo así cada vez que lo llaman? Siempre es a la hora de comer… ¿No lo estará haciendo a propósito?”
Murmuró Ruger en voz baja. Luisen estaba algo de acuerdo, pero no podía decir que terminaría de comer antes de ir.
“…Tengo que ir”
Miró la mesa. La comida seguía allí, humeante.
¿De verdad me vas a dejar aquí? parecía suplicarle el muslo de pollo, medio roído. Si lo dejaba, toda esa comida perfectamente buena acabaría en la basura. Le dolía el pecho como si se le fuera a partir.
Aun así, tenía que ir.
“Si no voy, no sé qué podría hacer Carlton…”
Murmuró Luisen con abatimiento.
***
Contrario a lo que la gente esperaba; gritos y llantos desbordándose, dentro del castillo reinaba la calma. Parecía que lo que Luisen había dicho en el momento de rendirse había dejado cierta impresión en Carlton.
Carlton mantenía una disciplina férrea entre sus hombres y cuidaba cada detalle para evitar problemas. Era tan estricto que, cuando se oían de vez en cuando sus gritos de mando, hasta quienes no tenían nada que ver sentían que el corazón se les encogía.
La mayoría de sus soldados eran mercenarios: rudos y brutales, pero bien controlados. No provocaban incidentes. Según el mayordomo a veces surgían roces con algunos sirvientes impulsivos, pero no pasaban de discusiones menores sin importancia.
Eso sí, quedaba claro que los horrores ocurridos en otros territorios conquistados no se debían a falta de control, sino que había sucedido con el permiso de Carlton. Aun así, nadie pensaba reclamar por lo pasado, era un asunto que ocurrió en tierra ajena.
Luisen llegó a la sala que Carlton utilizaba como despacho. La ansiedad le apretó el pecho. Su corazón latía con fuerza.
Respira… respira…
Intentó calmarse con profundas inhalaciones, pero no sirvió de nada.
“¿Abro la puerta?”
“Sí”
Lo dijo, pero el miedo seguía ahí, casi paralizante. Finalmente, la puerta se abrió y Luisen entró.
Carlton estaba trabajando en su escritorio. Al verlo, sonrió y se levantó de inmediato. Aunque no había distancia que justificara el gesto, se acercó con paso decidido y con familiaridad, apoyó una mano en el hombro de Luisen. El peso de aquella gran mano le hizo sentir que el corazón se le desplomaba.
Ah, me duele el corazón.
Sin darle tiempo a reaccionar, Carlton lo condujo hasta el sofá principal y lo sentó en el lugar de honor, mientras él mismo se acomodaba en un asiento más bajo, en diagonal.
“Bienvenido, su excelencia. Disculpe por llamarlo tan de repente”
“Sí, bueno…”
“No he recibido mucha educación, así que necesito constantemente el consejo de mi Lord. Le ruego que lo comprenda con su generosidad”
La actitud de Carlton era impecablemente respetuosa. Trataba a Luisen como a un superior, le mostraba deferencia y usaba un lenguaje formal en todo momento. Ni siquiera la torpeza en las respuestas de Luisen hacía que perdiera la sonrisa o su aire cercano.
Justamente eso era lo que aterraba a Luisen.
No sé cuándo podría cambiar de repente.
Había sido unos días atrás, la noche en que se rindió.
Carlton organizó un banquete para celebrar la victoria e invitó también a Luisen ¿Ir o no ir? Era una situación incómoda para él, pero rechazar la invitación podía interpretarse como descontento hacia Carlton, así que debía ser prudente. Además, si todos los demás vasallos no iban, quizá lo mejor sería que al menos él asistiera para mostrar una actitud conciliadora. Tras dudarlo, Luisen decidió acudir.
Iba preparado para convertirse en objeto de burla, en un trofeo viviente para exaltar la victoria de Carlton. Sin embargo, para su sorpresa Carlton lo trató con una cortesía impecable. Incluso sus subordinados con cierta cautela procuraban complacerlo.
Al principio, sin saber qué intención había detrás, se mantuvo alerta y desconfiado. Pero la comida del banquete era tan deliciosa que casi le hacía perder el sentido y el vino fino se deslizaba suavemente por su garganta. Poco a poco, la tensión empezó a disiparse y su vigilancia se relajó.
El ambiente del banquete se fue animando y en medio de todo eso, Carlton se acercó a Luisen.
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