Capítulo 11
“Aguanta un poco más. Cuando termine la lectura del testamento, todo se arreglará”
Winston dejó de frotarse el entrecejo y a través de los dedos, miró a la señora Campbell. Ella lo observaba con un rostro lleno de afecto y continuó.
“No tienes nada de qué preocuparte. Es obvio qué dirá el testamento que dejó Harold ¿No crees? Puede que reparta algo entre tus otros hermanos, pero no serán más que migajas. Todo será para ti, créeme”
Lo dijo con un tono firme, intentando animarlo, pero estaba completamente equivocada. Winston pensó que, tanto antes como ahora, ella nunca lo había entendido realmente. Sin embargo, ya no tenía edad para quejarse por eso y en el fondo, tampoco le importaba. Lo que le preocupaba en ese momento era otra cosa completamente distinta.
“Madre”
Sin cambiar de postura, abrió la boca. La señora Campbell centró de inmediato su atención en él y Winston preguntó con su habitual tono frío.
“Ordenaste que llevaran a Yujin a mi habitación ¿Verdad?”
“¿Qué?”
La pregunta, totalmente inesperada, dejó a la señora Campbell visiblemente desconcertada. Era justo la reacción que Winston había anticipado. Confirmada su sospecha, frunció aún más el ceño.
“Madre, deje de hacer ese tipo de cosas infantiles”
“No sé de qué estás hablando”
La señora Campbell lo negó con seriedad, pero ambos sabían que ya era tarde. Sin más remedio, terminó confesándolo.
“Pensé que, al oler tus feromonas, perdería la cabeza y haría el ridículo delante de ti. Solo quería que vieras su verdadera naturaleza, por si acaso tú volvías a dejarte influenciar por esa cosa tan repugnante”
Se excusó como pudo, pero Winston solo respondió con un profundo suspiro y el ceño fruncido.
“¿Quería darme una lección? Madre ¿Y si hubiera perdido el control por las feromonas e hiciera algo?”
Ante la observación de Winston, la señora Campbell endureció el rostro y respondió con firmeza.
“¿Cómo podría pasar algo así? Ese chico es solo un omega común, tú eres un alfa extremo. Además, en la fiesta ya debiste haber liberado suficientes feromonas ¿De verdad crees que caerías por algo tan insignificante?”
Aquello también era justo lo que Winston había previsto. Si la noche anterior no hubiera asistido a la fiesta de feromonas, ella jamás habría hecho algo así, pero su madre lo estaba sobreestimando.
“Este hijo suyo no es más que un alfa corriente\»
Winston lo dijo, pero la señora Campbell lo negó de inmediato con el rostro endurecido.
“No es asi. Tú eres un alfa extremo, igual que tu padre”
El único alfa extremo de la familia.
Gracias a eso, pese a ser el menor, Winston había heredado la mayor parte de todo. La señora Campbell siempre había supuesto que, entre todos sus hijos, el más brillante, Winston, sería quien heredaría el linaje, pero cuando despertó como alfa extremo, aquella creencia se convirtió en certeza. Su hijo menor era perfecto. La sanguijuela que se le había pegado por un tiempo no era más que una pequeña mancha sin importancia en su vida.
Pero esa misma agudeza de la que tanto se enorgullecía se convertía en un obstáculo en momentos como ese. Winston siempre era capaz de detectar con facilidad los engaños o las intrigas de los demás; era prácticamente imposible manipularlo.
Sin embargo, incluso él había caído una vez en una trampa.
En parte, porque fue un plan elaborado con todo el empeño por la señora Campbell y los demás. Pero la verdadera razón de su éxito era otra y eso siempre le había inquietado. Aunque al final consiguieron lo que querían, así que intentaba convencerse de que con eso bastaba.
Si Winston no hubiera amado tanto a esa cosa repugnante, jamás habría caído en una trampa tan burda.
Cegado por el amor, fue incapaz de razonar con claridad y terminó cometiendo un error imperdonable. Y lo peor era que, incluso ahora, seguía sin darse cuenta. Si todo hubiera seguido según lo planeado, habría pasado toda su vida sin descubrirlo y así habría terminado todo.
Nunca imaginó que Harold recurriría a un truco así al final.
La señora Campbell volvió a sentir hervir el resentimiento hacia su difunto esposo ¿Acaso, justo antes de morir, le entró una miserable punzada de culpa? ¿Y qué hay de los hijos que dejó atrás? ¿Y de mí?
Hasta el último momento, él se las había arreglado para revolverle las entrañas antes de marcharse. Ella pensó, Si pudiera, lo traería de vuelta a la vida solo para matarlo con sus propias manos.
“En fin, olvídate de esa cosa repugnante. No pasó nada, así que todo está bien ¿No? De ahora en adelante todo irá mejor”
Tras decir eso, la señora Campbell se levantó y besó a Winston en la cabeza. A él no le gustaba ese gesto con el que lo trataba como a un niño, pero no dijo nada.
Cuando su madre se fue y quedó solo en el comedor de desayuno, Winston se recostó en la silla y miró hacia afuera a través del gran ventanal. Entre los árboles mecidos por una brisa fresca, se oía el canto de los pájaros. Era una mañana tranquila completamente opuesta al caos que llevaba dentro.
Maldita sea.
Solo con recordarlo, volvió a sentir una tensión ardiente en la parte baja del cuerpo ¿Que estaría bien porque ya había liberado sus feromonas? Las palabras despreocupadas de su madre le irritaron profundamente. Era el tipo de tontería que diría un beta que jamás tendría que enfrentarse a algo así. Sí, si hubiera sido cualquier otro omega, tal vez tendría razón. Pero quien había estado tendido en esa cama era Yujin.
Aquel que alguna vez había sido solo suyo.
Estaba ahí, profundamente dormido, con el cuerpo completamente expuesto.
Cuando lo vio por primera vez, Winston pensó que estaba alucinando por culpa de las feromonas o que debido a su insomnio crónico, finalmente había empezado a soñar despierto.
Pero el olor que llenaba la habitación y que se mezclaba con el suyo propio era tan familiar que le dejó claro que aquello era real. Era el aroma de omega de Yujin.
No había forma de confundirse. Incluso en medio de una fiesta saturada de feromonas de omega, Winston no se excitaba en absoluto; más bien, aquel olor le resultaba repulsivo, al punto de querer marcharse en más de una ocasión. Solo había un aroma capaz de provocarle una reacción así.
Yujin.
En el instante en que lo comprendió, estuvo a punto de perder la razón. Su corazón se desbocó como un loco y un calor ardiente le recorrió el vientre ¿Esto era real? ¿De verdad era Yujin?
¿Yujin había vuelto a él?
Incapaz de creerlo, se quedó clavado en el sitio, sin siquiera poder parpadear, limitándose a mirarlo. La luz de la luna, inusualmente brillante, revelaba por completo su cuerpo. La suavidad de sus labios, el largo de su cuello, el pecho delgado donde asomaban pequeños pezones, la línea fluida que descendía desde su cintura esbelta hasta sus caderas firmes y sus piernas, todo dejó a Winston sin aliento.
Todo era igual.
Igual que aquel día en que Yujin le entregó su cuerpo por primera vez. Aquel día en que se embriagó con la sensación de haberlo conseguido todo, de haber ganado el mundo entero. Al recordarlo, la mente de Winston se quedó en blanco. Bañado por la luz de la luna resplandeciente, Yujin volvía a seducirlo una vez más.
Winnie…
Desde la punta del cabello hasta las uñas de los pies, no había nada en él que no fuera hermoso.
Winston se dio cuenta, una vez más, de lo profundamente obsesionado que había estado con él. Desnudo, sentado en la cama, susurrando su nombre, con los brazos abiertos como invitándolo a acercarse y por supuesto, Winston no había podido resistirse. Desde entonces, se convirtió por completo en su esclavo. Habría hecho cualquier cosa por Yujin, si le hubiera pedido que muriera probablemente lo habría hecho sin dudar. Lo amó de verdad, le entregó toda su confianza hasta el momento en que descubrió cuánto lo había manipulado.
Pero ese Yujin ya no existía. El Yujin que Winston había amado tampoco era real. Cuando comprendió todo, la ilusión se hizo añicos y creyó que junto con ella también se había destruido por completo el amor que sentía.
Desafortunadamente, el cuerpo de Yujin seguía dejándolo sin aliento ¿Cuántos años habían pasado ya? Después de todo lo que ocurrió, de no haberlo visto en tanto tiempo y aun así su sola presencia era suficiente para sacudirlo por completo. Sin tenderle la mano, sin sonreírle, sin hacer absolutamente nada, solo durmiendo sobre la cama.
El hecho de haberle apuntado con un arma, movido por la rabia, no hacía más que demostrar su propia derrota.
Quizá habría sido mejor ceder al deseo y tomarlo sin más. Al menos así habría tenido excusas; que fueron las feromonas, que si estaba desnudo en la cama era porque esperaba algo así, que al fin y al cabo no cambiaría nada, que alguien como él no tenía derecho a quejarse. Habría tenido mil justificaciones que decir.
Pero Winston, consumido por la ira, le había apuntado con un arma y eso no hacía más que evidenciar que, hasta ese mismo momento, no había podido olvidar a Yujin. Ni los recuerdos de cuánto lo había amado, ni el infierno de la traición que había atravesado su corazón no había olvidado nada. Seguía completamente atrapado, atado a Yujin.
Esta será la última vez.
Winston se frotó el rostro con ambas manos, como en un gesto seco para despejarse y dejó escapar un breve suspiro. No valía la pena enfrentarse a él. Después de todo, había llegado incluso a tener una hija con alguien que ni siquiera se sabía quién era.
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