Besa a la escoria
CAPITULO 3
“Es una buena idea. No le dará tiempo a Yujin para hacer tonterías. Si funciona, será bueno para todos.”
George se animó de inmediato y estuvo de acuerdo. Cuando todos los presentes la miraron a la señora Campbell con expresiones expectantes, ella carraspeó suavemente, con un semblante que dejaba ver que no le desagradaba la atención y después de hacer una pausa deliberada, abrió la boca para hablar.
“No es mala idea.”
“Muy bien, entonces empecemos inmediatamente.”
Apenas la señora Campbell terminó de hablar, Gordon dio un paso adelante. Inmediatamente empezó a hablar sin parar sobre cómo harían para que Evelyn y Winston se encontraran, cuál sería el mejor momento y quién debía encargarse de contactarlos. Mientras lo escuchaba hablar emocionado, como si con solo reunir a los dos todo se fuera a resolver, la señora Campbell pensó
Jamás imaginé que eso volvería.
Ella apretó los dientes en secreto. Todo esto era culpa de Harold Campbell. Desde el momento en que supo que él había incluido su nombre en el testamento, la señora Campbell no había dejado de sufrir migrañas. Al fin y al cabo, todo este desastre comenzó porque su marido había traído a su joven amante a la casa. Pensándolo así, la raíz de todas las desgracias era una sola. La señora Campbell deseó, de todo corazón, que su marido no fuera al cielo.
El tren redujo la velocidad gradualmente al acercarse al andén. Yujin contempló el paisaje familiar y a la vez desconocido que se extendía más allá de la cabeza de su hija, pegada a la ventana. El mero hecho de estar de vuelta en esta ciudad le provocó un sudor frío y le dejó sin aliento.
Juro que nunca volvería aquí.
En cuanto vio el nombre de la estación a lo lejos, sintió un mareo. Cerró los ojos, recostó la cabeza contra el asiento y respiró profundamente varias veces. Poco a poco, su respiración se estabilizó y se calmó, su mente se fue aclarando gradualmente. Abrió los ojos lentamente y vio que su hija que se había alejado de la ventana, lo miraba.
“Papá ¿Otra vez te duele la cabeza?”
Su rostro estaba lleno de preocupación. Yujin esbozó una sonrisa forzada y negó con la cabeza.
“No, ya estoy bien.”
“No lo aguantes, tómate la medicina. Soportar el dolor no es bueno para ti.”
Su hija, Angela, le reprendió con un tono demasiado maduro para su edad. Yujin asintió levemente con la cabeza.
“Lo haré. En cuanto bajemos del tren.”
En ese momento, el tren se detuvo por completo y se escuchó el anuncio por los altavoces. Yujin se levantó de su asiento, alcanzó el compartimento superior y bajó su pequeña maleta. Le tendió la mano a su hija, que esperaba pacientemente.
“Vamos, Angie.”
“Si.”
Angela le agarró la mano con fuerza y lo siguió. En los escalones, Yujin levantó la maleta con una mano y a su hija con la otra mientras bajaba al andén.
En cuanto sus pies tocaron tierra firme, respiró hondo el aire fresco y sintió que su pecho se relajaba un poco. Dejó a Angela en el suelo y exhaló una vez más antes de volver a tomarle la mano.
En la estación de tren había bastante gente yendo y viniendo, pero, como era de esperarse, no había nadie que lo reconociera.
Aun así, cada vez que alguien pasaba distraídamente a su lado, él se sobresaltaba y se encogía sin darse cuenta; era porque, aun después de tanto tiempo, los recuerdos de cuando dejó este lugar revivían con una claridad tan vívida como si hubiese ocurrido ayer.
Está bien.
Yujin se recordó a sí mismo mientras miraba fijamente hacia adelante.
Ya han pasado cinco años, después de todo. Ya lo olvidé todo.
Sosteniendo la mano de su hija, siguió caminando recordándose a sí mismo la promesa que se había hecho una y otra vez; nunca volvería a permitir que nadie le hiciera daño. Ahora las cosas eran diferentes. Tenía a alguien a quien proteger. Y por Angela, no había nada que no estuviera dispuesto a hacer. Esa era la única creencia a la que se había aferrado desde el momento en que la sostuvo en sus brazos por primera vez.
La única razón por la que había regresado a este lugar, a pesar de haber jurado que nunca lo haría, era por Angela. Si no fuera por su hija, ningún testamento, ninguna herencia, nada en este mundo lo habría convencido de volver. Hubiera preferido morir de hambre en las calles antes que regresar aquí. Pero ahora necesitaba dinero y si Harold, el hombre que lo había expulsado tan cruelmente, había decidido mostrar un ápice de bondad al final dejándole incluso una pequeña parte, él la aceptaría. El orgullo era un lujo que ya no podía permitirse.
Hace dos meses, se produjo un gran incendio en el viejo y deteriorado complejo de apartamentos donde vivía Yujin. Las llamas, que se iniciaron en el piso de abajo, se propagaron rápidamente, dejando las paredes ennegrecidas por el hollín antes de que finalmente se extinguieran. Como resultado, varias familias se quedaron sin hogar.
Por desgracia, el apartamento de Yujin sufrió los segundos peores daños. Se despertó en mitad de la noche, cogió a su hija y salió corriendo con nada más que la ropa que llevaban puesta. En un instante, lo había perdido todo. El único pequeño consuelo era que aparte de una quemadura leve en la espalda, había salido ileso. Y lo más importante, Angela no había resultado herida. Pero ahí se acabó su suerte.
Para empeorar las cosas, el restaurante donde trabajaba lo despidió alegando dificultades económicas. ¿Por qué las desgracias siempre llegaban todas a la vez? Esa noche, tras buscar refugio en una iglesia, se acurrucó en un banco vacío con su hija en brazos y por primera vez en años, dejó que las lágrimas brotaran de sus ojos.
Vio por primera vez un rayo de esperanza cuando regresó al apartamento incendiado, con la esperanza de salvar cualquier cosa que pudiera haber sobrevivido. Mientras rebuscaba entre las cenizas, alguien se le acercó.
“Disculpe, por casualidad ¿Usted conoce a… Yujin Sol?”
No era ‘Sol’ sino ‘Seol’, pero hacía mucho que había dejado de corregir esas cosas y ahora tampoco tenía ánimos para hacerlo. Yujin enderezó la espalda, lo miró directamente y respondió.
“Soy yo. ¿De qué se trata?”
“¡Ah! ¡Eso pensaba!” El rostro del hombre se iluminó con alivio. Rápidamente rebuscó en su cartera, sacó una tarjeta de visita y se la entregó.
“Me llamo Joseph Brown, soy abogado. No se imagina lo difícil que ha sido encontrarlo. Justo cuando pensaba que lo había conseguido, llegué y vi que todo el edificio se había quemado. Empecé a entrar en pánico, preguntándome qué hacer a continuación, pero decidí volver a buscarlo ¡Y aquí está! Que suerte tengo.”
El hombre soltó una carcajada, pero Yujin se limitó a mirarlo, inexpresivo. La risa se fue apagando poco a poco y el abogado tosió torpemente. Solo entonces Yujin habló.
“No sé por qué me buscaba, pero, como puede ver, no estoy en condiciones de pagar ni un centavo a nadie.”
“No, no, me malinterpreta, Yujin. En realidad, es todo lo contrario.”
El abogado hizo un gesto con la mano, como restándole importancia, sin dejar de sonreír. Al ver la expresión escéptica de Yujin, continuó rápidamente.
“¿Conoce al Señor Harold Campbell, verdad? Dejó un testamento cuando falleció.”
Yujin se quedó paralizado. El recuerdo de la última vez que había visto a Harold Campbell le trajo instantáneamente un torrente de recuerdos y su corazón comenzó a latir con fuerza.
Ese hombre estaba muerto.
¿Se suponía que debía sentirse tranquilo? ¿O quizá debería sentir aunque fuera un poco de lástima? Yujin dudó, sin poder decidir de inmediato cómo debía reaccionar. Incluso hoy, aquel último recuerdo lo atormentaba, pero también era cierto que Harold había sido su benefactor. Fue él quien recogió y crió a Yujin cuando de un momento a otro quedó huérfano y sin un lugar al que ir. Además, Harold lo había apreciado bastante y Yujin también le había tenido un gran afecto.
Hasta que ocurrió eso.
Apartando los amargos recuerdos, Yujin se obligó a mantener la compostura mientras esperaba a que el abogado continuara. Joseph miró a su alrededor, como buscando un lugar donde sentarse, pero al no encontrar ninguno adecuado, volvió a mirar a Yujin con una expresión ligeramente incómoda antes de preguntar
“¿Hay alguna cafetería cercana donde podamos hablar? ¿O deberíamos subir al coche y buscar alguna juntos?”
“No la hay. Hablemos aquí”
La respuesta de Yujin fue seca. El abogado parecía esperar que Yujin se tomara siquiera un momento para guardar luto por Harold, pero Yujin no tenía ni motivo ni tiempo para eso. Había dejado a la niña en la iglesia y debía regresar cuanto antes. Si aquel hombre no tenía intención de decirle que iba a darle dinero, Yujin no pensaba desperdiciar más tiempo allí.
El abogado, como si hubiera captado sus pensamientos, se aclaró la garganta y adoptó un tono profesional.
“Su nombre está en el testamento. Debe asistir a la lectura del testamento que se hará después del funeral, así que le pedimos que venga a Delight dentro de tres días.”
Ante esas palabras, su expresión inevitablemente se alteró. El nombre exacto de la mansión era “La Más Perfecta Alegría (the most perfect delight)”. Era el nombre de la residencia principal, la más grande entre todas las casas situadas en la propiedad, pero también se usaba para referirse a todas las tierras de la familia Campbell en la zona.
Volver a ese lugar.
Ante una situación que nunca hubiera imaginado, Yujin luchó por recuperar la compostura mientras su mente se quedaba en blanco por un momento.