Besa a la escoria
CAPITULO 6
No es nada del otro mundo, pensó Yujin mientras abria la boca.
“¿Dónde está el baño? Quisiera darme una ducha”
En la mansión había numerosas habitaciones y baños. Cuando Yujin preguntó cuál debía usar, el mayordomo, en lugar de darle la respuesta esperada, dijo otra cosa
“Antes hay alguien a quien debe conocer. Sígame”
“Un momento”
Yujin habló rápidamente y luego, con cuidado acostó a Angela en la cama. Por suerte, su hija dormía profundamente, roncando suavemente. Le dijo al mayordomo que saldría enseguida, cerró la puerta y tras quitarle los zapatos y la ropa, le puso el pijama. Debería haberla bañado, pero dormía tan plácidamente y la situación no lo permitía, así que decidió dejarlo pasar solo por esa noche.
Por un día no pasará nada.
Después de ordenar un poco el equipaje, abrió el cuaderno de dibujo de la niña y escribió un mensaje grande en una hoja en blanco. Lo colocó junto a la almohada para que, por si despertaba mientras él no estaba, pudiera verlo de inmediato. Angela ya sabía leer y escribir, y también se le daba bastante bien la aritmética sencilla. En momentos así, la inteligencia de la niña resultaba de gran ayuda. Agradecido, Yujin besó a su hija en la frente. Al salir, el mayordomo seguía allí, erguido en el mismo lugar. Yujin, con las manos vacías, se dirigió al mayordomo que se daba la vuelta sin decir una palabra.
“¿Con quién debo reunirme?”
Ya era casi medianoche ¿De qué se suponía que quería hablar, como para hacerlo a esa hora? Mientras la inquietud empezaba a apoderarse de Yujin, el mayordomo se detuvo y giró ligeramente la cabeza.
“Es la señora Campbell”
Ah. Estuvo a punto de soltar un suspiro sin pensarlo. En esa familia, solo había una persona a la que se dirigían como ‘La señora Campbell’. La hija mayor, que había tenido un breve matrimonio con un aristócrata británico, debía llevar obligatoriamente el título de ‘lady’, mientras que la única nuera, aunque había tomado el apellido Campbell, nadie la llamaba “La señora Campbell”. Solo a ella se le reconocía un ese título. Desde que Yujin había entrado en esa casa cuando era pequeño, hasta el día de hoy.
Como si ya no hubiera nada más que decir, el mayordomo se dio la vuelta y empezó a caminar Yujin lo siguió.
En el silencio de la casa, solo los pasos del mayordomo y de Yujin resonaban de forma lúgubre. La gran mansión, que en otros tiempos había estado llena de risas parecía contener la respiración como si fuera consciente de la ausencia de su dueño. Con una opresión que le cerraba el pecho, Yujin avanzó sin decir nada.Volviendo sobre sus pasos, el mayordomo lo condujo por el mismo camino y abrió una puerta lateral para dirigirse esta vez hacia abajo.
Tras descender durante lo que pareció un buen rato, abrió una puerta y apareció ante ellos otro pasillo tan largo que daba ganas de suspirar. Mientras caminaba, reprimiendo a duras penas el impulso de gritar que ya era suficiente, Yujin notó de pronto que el aspecto del corredor era claramente distinto al de antes. Los cuadros colgados en fila a lo largo de las paredes eran todos paisajes de la mansión o retratos de personas que parecían ser los antepasados de la familia. Cuando su mirada se detuvo en el retrato de una mujer vestida con un traje antiguo, probablemente la antigua señora de la casa ya fallecida, el mayordomo se detuvo de golpe. Yujin observó en silencio cómo daba un ligero golpe a la puerta, aguardaba un instante y luego giraba el picaporte para abrirla. Entonces, el mayordomo entró sin vacilar y habló.
“Señora Campbell, he traído al invitado”
Lo dijo con una voz tan neutra como si estuviera leyendo el manual de instrucciones de un electrodoméstico, y luego se hizo a un lado. Al ver al mayordomo extender un brazo, como invitándolo a pasar, Yujin estuvo a punto de soltar un profundo suspiro, pero logró contenerse. A propósito, pasó frente a él sin dedicarle ni una sola mirada. Al entrar, tal como había imaginado, en lo que parecía ser una sala de recepción estaban sentados la señora Campbell y otro hombre más. Era Gordon, el hijo mayor. En el instante en que se encontró con ellos, sintió cómo su rostro se le endurecía de golpe, pero esta vez no había forma de evitarlo.
A diferencia de la señora Campbell, que estaba sentada con la espalda recta y una postura impecable, Gordon estaba con las piernas abiertas, apoyando un brazo sobre uno de los muslos y el torso inclinado de manera descuidada, adoptando una pose casi de matón.
Yujin apretó ligeramente las manos, obligándose a mantener la calma. Está bien, se dijo. Ya no es como entonces. Ahora tiene a Ángela, por su hija podría volverse más fuerte que cualquier persona en el mundo.
Así que todo estaba bien.
Justo cuando se convenció de ello, el mayordomo habló.
“¿Desea que prepare algo de beber?”
“No hace falta”
Yujin rechazó la oferta de inmediato. De todos modos, probablemente no se lo había preguntado a él. Aun así, su negativa transmitía con claridad que no quería alargar la situación. El mayordomo desvió la mirada hacia Yujin, que permanecía allí plantado con terquedad, y luego miró de reojo a la señora Campbell, como esperando instrucciones sobre qué hacer. Ella hizo un leve gesto con la mano, dando a entender que no era necesario.
Un momento después, el sonido de la puerta cerrándose resonó detrás de él cuando el mayordomo salió de la habitación. Yujin permaneció de pie en el mismo sitio, inmóvil, salvo por sus manos, que entrelazó lentamente a la espalda.
Al poco rato se oyó el sonido de la puerta cerrándose a su espalda. El mayordomo había salido de la sala de recepción. Yujin siguió de pie en el mismo lugar, sin moverse. Solo entrelazó las manos a la espalda de forma casi imperceptible.
El incómodo silencio finalmente fue roto por la señora Campbell. Frunció el ceño y chasqueó la lengua en voz baja.
“Sigues siendo el mismo. ¿Aún no sabes saludar?”
Ante ese tono especialmente áspero, Yujin no hizo más que mirarla con el rostro inexpresivo. Antes, por su timidez no encontraba el momento adecuado para saludar y eso daba lugar a malentendidos; ahora, simplemente no tenía ganas de ser él quien hablara primero. Aquel niño que se hería con semejante frialdad ya no existía. Pasara lo que pasara, ellos no podrían volver a hacerle daño a Yujin. Nunca más. Jamás.
Al no ver ninguna reacción por su parte, Gordon soltó una burla y murmuró lo suficientemente alto como para que todos lo oyeran
“¿Qué se puede esperar de ese bastardo? ¿Acaso alguien que se ganaba la vida vendiendo su cuerpo iba a aprender algo?”
Yujin se sintió secretamente aliviado de haber dejado a Angela en su habitación. Exhalando un silencioso suspiro de alivio, finalmente habló con voz dura e inflexible.
“¿Eso era todo lo que tenía que decirme? Ya es tarde, así que me gustaría retirarme a descansar”
Ante la respuesta de Yujin, tanto la señora Campbell como Gordon se quedaron un instante desconcertados. Evidentemente, no habían esperado que se atreviera a mostrarse tan insolente. Por supuesto que no, pensó Yujin.
El antiguo Yujin nunca se habría atrevido. En aquel entonces, tal como ellos querían, solía encogerse de miedo, con los ojos llenos de lágrimas, sin saber qué hacer y acababa suplicando como si hubiera cometido un pecado imperdonable.
Seguro que esperaban que, como entonces, él alimentara su sensación de superioridad y su arrogancia.
Pero ya habían pasado cinco años. Y durante ese tiempo, Yujin había cambiado. Ya no tenía ningún motivo para rebajarse y aferrarse a ellos de forma servil como antes.
Ante la mirada firme con la que Yujin la observaba de frente, la señora Campbell se quedó sin palabras por un instante, incapaz de creerlo. Dio un sorbo a su té negro y tomándose un tiempo para calmar sus emociones, volvió a adoptar su actitud habitual antes de hablar de nuevo.
“¿Para qué molestarnos más?”
Ella dejó la taza de té y alzó la cabeza. Sus ojos, inquietantemente fríos, como los de un reptil, se clavaron en Yujin.
“¿Qué te parecería marcharte de la mansión y desaparecer sin dejar rastro de que alguna vez estuviste aquí? Si lo hicieras…”
Al alargar la última palabra, como si fuera una señal, Gordon sacó algo del bolsillo interior de su traje y lo dejó sobre la mesa. Cuando Yujin bajó la mirada y vio el sobre blanco, la señora Campbell continuó
“No eres un chico estúpido, así que confío en que con esto lo entenderás. He puesto una cantidad razonable, así que ¿Por qué no te marchas de una vez? Aquí no hay nadie que te reciba con los brazos abiertos.”
Salir de la mansión con el sobre en la mano y marcharse para siempre no era una mala opción. Desde el principio, el objetivo de Yujin había sido el dinero y cualquiera sabría que eso era mucho más seguro que un testamento de contenido incierto. Además, cuando decidió venir, se había preparado para todo; estaba dispuesto a regresar a esa familia y soportar cualquier humillación o insulto con tal de obtener el dinero. Entonces, si ahora podía hacerse con un cheque de una forma tan simple, comparado con todo lo que se había prometido soportar. No había absolutamente ninguna razón para rechazarlo.
Absolutamente ninguna.
Sin embargo, Yujin no se atrevía a coger el sobre. No era el orgullo lo que le detenía, eso se había hecho añicos hacía mucho tiempo.
Entonces ¿Por qué?
No entendía su propia vacilación. Yujin se quedó mirando fijamente el sobre cuando Gordon habló con burla.
“No sirve de nada que te estrujes el cerebro intentando sacar unos cuantos billetes más. Si te dejas llevar por la avaricia, puedes acabar sin llevarte ni esto, así que piénsalo bien. Al fin y al cabo, ni aunque explotaras ese miserable cuerpo tuyo toda tu vida llegarías a ganar una suma así.”
Gordon soltó una carcajada ruidosa.
“Además, ahora que mi padre está muerto ¿Quién iba a querer comprarte? A menos que alguien tenga la vista completamente jodida…”