Besa a la escoria

CAPITULO 5

Había malinterpretado por completo el motivo de la agitación de Yujin. Pero en lugar de corregirlo, Yujin simplemente esbozó una débil sonrisa y asintioe pie en el aire frío, respiró hondo y poco a poco su mente se aclaró.

Contrólate. Solo he oído su nombre; si me dejo sacudir así ¿Como voy a seguir adelante?

En lugar de darse una bofetada, se bebió el resto del agua de un trago. Solo había una razón por la que había vuelto a ese miserable lugar; escuchar el contenido del testamento y conseguir todo el dinero que pudiera. Eso era todo en lo que tenía que pensar.

Winston Campbell ya no tenía nada que ver con su vida.

Después de respirar hondo una vez más, Yujin finalmente se dio la vuelta y regresó al coche.

“Lo siento.”

Cuando volvió a disculparse por el retraso, Brown sonrió tranquilizadoramente y arrancó el coche. Angela lo miró sin ocultar su expresión inquieta. Esta vez, Yujin le devolvió una sonrisa sincera.

“De verdad estoy bien, Angie.”

No había absolutamente ninguna razón para no estarlo. Al fin y al cabo, tenía a la hija que más amaba en todo el mundo.

Llegaron a la mansión cuando ya era prácticamente de noche. Ante el cielo oscuro, completamente cubierto de estrellas, Yujin alzó la vista hacia la enorme residencia que se erguía imponente y en su interior se enredaron y chocaron innumerables emociones.

Durante el trayecto, al caer la tarde, Brown los llevó a un pequeño restaurante al borde de la carretera. Allí, Yujin comió bacalao a la parrilla, y Angela pidió del menú infantil una hamburguesa con queso acompañada de helado de fresa. En realidad no tenía demasiado apetito, pero sabía que debía comer siempre que se presentara la oportunidad, era una lección que había aprendido de una dura experiencia, una que le había enseñado la importancia de acumular energía, especialmente cuando el futuro era incierto. Después de todo estaba claro que lo que le esperaba no sería agradable.

Mientras Yujin se obligaba a comer el bacalao, Brown devoraba un filete grande y perfectamente asado. Una vez que terminaron, volvieron al coche y condujeron durante varias horas más antes de llegar finalmente a su destino.

Con su hija dormida en brazos, Yujin salió del coche y se quedó inmóvil, mirando fijamente la mansión. Brown le entregó las llaves del coche a un sirviente que esperaba antes de acercarse a él.

“Entremos. Espero que no lleguemos demasiado tarde, es posible que la mayoría ya esten durmiendo.”

Sin dudarlo, Brown subió los escalones de la entrada y Yujin lo siguió en silencio. Durante el trayecto, se enteró de que Brown había sido contratado por el bufete de abogados de McCoy hace tres años y que antes había trabajado en otra ciudad. Eso significaba que no sabía nada de los acontecimientos que habían llevado a Yujin a ser expulsado de la familia Campbell. Y por supuesto, McCoy y el resto de la familia nunca se lo habrían contado.

Deben de haberme borrado, como si nunca hubiera existido desde el principio.

Yujin pensó en ello, pero no se sintió especialmente dolido. Al fin y al cabo, él también los había borrado de su vida. Podrían haber dejado el pasado enterrado para siempre, cada uno siguiendo su propio camino. Pero ahora no tenía más remedio que enfrentarse a ello de nuevo, debido al testamento de Harold Campbell.

¿Qué demonios estaría escrito ahí dentro?

Que McCoy se hubiera tomado la molestia de encontrar a Yujin y hasta de transmitirle que saldría perdiendo si no asistía al funeral dejaba claro que el contenido debía serle favorable. Y, en su situación desesperada actual, aquello sería de gran ayuda. Al menos, Yujin así lo creía. De no ser así, jamás habría regresado a esta mansión.

No cuando ya sabía exactamente cómo lo tratarían.

“Buenas noches, señor Brown.”

El mayordomo, que había cruzado el vestíbulo, fue el primero en saludar al abogado. Sin duda había visto a Yujin de pie detrás de él, pero no mostró el menor gesto de reconocimiento. Ignorándolo por completo, como si no existiera, el mayordomo intercambió saludos con el abogado. Yujin lo observó con el rostro impasible. Probablemente, de haber podido, el mayordomo habría preferido darse la vuelta e irse, fingiendo que no había visto nada. Pero, por supuesto, eso era imposible. Entre él y Yujin se encontraba un tercero que no tenía la menor idea de lo que estaba ocurriendo.

“Kane, este es Sol Yujin, de quien te hablé por teléfono. Yujin, este es Kane, el mayordomo de la familia Campbell. Lleva mucho tiempo con ellos ¿Se conocen? “

“Por supuesto.”

Tras intercambiar unas palabras de cortesía, el abogado presentó formalmente a Yujin al mayordomo. Pero antes de que Kane pudiera responder, Yujin habló primero.

“Cuando yo estaba aquí, Kane ya era el mayordomo. Ha pasado mucho tiempo, veo que aún sigues con vida.”

Lo añadió en tono de broma, acompañándolo de una sonrisa, pero el único que rió fue Brown. Era natural; no era una broma, sino una verdad dicha a medias. Kane permanecía allí, con el rostro inexpresivo, como si llevara una máscara. Yujin también lo encaró con expresión seria. Brown, que había estado riendo sin pensar, notó recién entonces que el ambiente se había vuelto extraño y, con gesto incómodo, miró alternativamente a ambos. Al percibir que la situación no era normal, se apresuró a cambiar de tema.

“Yo me retiro. Kane, entonces… se lo dejo a usted. Me despido.”

Tras despedirse de Yujin y Kane, Brown se dio la vuelta con rapidez y salió de la mansión. Pensando que después de todo tenía una muy buena percepción, muy propio de un abogado, Yujin fijó la mirada en Kane.

No había cambiado mucho desde la última vez que Yujin lo había visto. En aquel entonces, había sido inquebrantable en su devoción por Harold Campbell. Ahora que Harold había fallecido, no era difícil adivinar a quién le debía lealtad. Era natural que tratara a Yujin con fría indiferencia; simplemente seguía la voluntad de su amo.

“¿Dónde está mi habitación? Tengo que acostar a mi hija.”

Yujin preguntó con sencillez, mirándolo directamente a los ojos. Solo estaba allí por el testamento. Pronto se iría, así que Kane no tenía por qué preocuparse. Una parte de él sonrió para sus adentros al pensarlo.

El mayordomo echó un breve vistazo a la niña dormida en brazos de Yujin antes de volver a mirarlo.

“Por aquí.”

El mayordomo no dijo nada más; se dio la vuelta y se puso en marcha primero. Yujin, en silencio, lo siguió cargando a la niña en brazos. Aunque el brazo con el que sostenía a su hija empezaba a entumecerse, el calor de su cuerpo dormido y su peso le infundían una valentía y una fuerza inagotables.

En el mundo solo existían ellos dos. Antes también y en el futuro igualmente.

El mayordomo abrió la puerta lateral situada al final del pasillo y comenzó a subir una escalera de caracol. Sin saber cuántos pisos llevaba ascendiendo, Yujin continuó dando vueltas y más vueltas por la escalera, sintiendo un cansancio extremo, pero sin decir una palabra siguió al mayordomo. En el pasado, ni siquiera podía acercarse a los alrededores de la mansión, mucho menos a su interior. Así, lo único que siempre había podido ver era su exterior imponente y lujoso además de apenas unos fragmentos del interior que se dejaban entrever ocasionalmente a través de alguna puerta o ventana abiertas.

No es que nada hubiera cambiado realmente.

El hecho de estar caminando ahora por el interior de aquella mansión le resultaba tan sorprendente como, en cierto modo, inquietantemente familiar. La mansión tenía una gran escalera central abierta e incluso había un ascensor a un lado. Pero Kane había elegido deliberadamente llevarlo por otra escalera, estrecha y empinada, rodeada de paredes y sin ventanas, como si estuviera escondida.

Un pasillo de servicio.

Sabía de sobra que no tenían intención alguna de tratarlo como a un invitado. En otro tiempo, aquella miseria le habría hecho brotar las lágrimas, pero ahora no sentía nada de eso. En su mente solo flotaba un pensamiento indiferente ‘siguen siendo los mismos’ junto al deseo de descansar cuanto antes con su hija.

Cuando por fin el mayordomo logró abrir la puerta, un suspiro de alivio escapó de sus labios sin que pudiera evitarlo. Mientras seguía cargando a la niña, el entorno permanecía tan silencioso como un lugar muerto. Lo único que se oía eran los pasos del mayordomo y los de Yujin. Tras lo que pareció un recorrido interminable por un pasillo largo y ancho, Kane se detuvo finalmente frente a una habitación. Yujin estuvo a punto de soltar una exclamación en voz alta, pero se recompuso de inmediato. En ese instante, el mayordomo sacó un manojo de llaves del bolsillo, introdujo una de ellas en la cerradura, la giró y abrió la puerta haciendo girar el picaporte. Yujin se apresuró a entrar en la habitación con la niña en brazos.

El interior era distinto de lo que había esperado. A diferencia del estilo general de la mansión, con más de cien años de antigüedad y un aire clásico, aquella no era una habitación de atmósfera antigua; era un cuarto estrecho, como si hubiera sido improvisado a toda prisa, y solo había un mueble. La cama, empujada firmemente contra una de las paredes, era además de tamaño individual. El mensaje era evidente.

Aunque el desprecio dirigido hacia ellos era claro, Yujin se mantuvo imperturbable. Intentar molestarlos con métodos tan infantiles no servía de nada. Al fin y al cabo, hasta ahora Angela y él siempre habían dormido abrazados con fuerza en una cama estrecha.